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Opinión | Crónicas galantes

El pulpo inmigrante

El pulpo á feira que Galicia ha popularizado en toda España y parte del mundo no se cría en las rías, contra lo que creíamos con exagerado optimismo. Por más que esto pudiera doler a los xenófobos, se trata de un cefalópodo inmigrante llegado de Marruecos, Senegal y Mauritania.

Nos llega, incluso, de las aguas del Sahara Occidental que el régimen de Franco cedió hace medio siglo al sultanato vecino del sur, días antes de que el Caudillo sucumbiera a sus achaques. De no haber mediado la marcha organizada por Hassan II, tal vez esa pesquería siguiera estando en aguas de soberanía española.

También las importaciones de Francia, Portugal y un país tan inesperado como el Reino Unido han superado en lo que va de año a la producción autóctona. El pulpo gallego propiamente dicho sumó apenas 480 toneladas del total de 14.200 que arribaron desde el extranjero. Y qué más dará eso.

Como tantas otras cosas, el pulpo adquiere aquí sus propiedades gustativas una vez pasado por los calderos de cobre que manejan con mano experta las pulpeiras. Si Galicia consiguió nacionalizar la camelia de Japón y -malhadadamente- el eucalipto de Australia, parece lógico que también haga lo propio con este manjar que nos llega en su mayoría de mares lejanos.

El maestro Álvaro Cunqueiro atribuía al pulpo un papel vertebral en la configuración de Galicia. Este inteligente animal consiguió unir la costa con el interior, donde se celebraban -y celebran- las ferias más importantes dedicadas a su consumo. No ha de ser casualidad que la más nombrada de todas ellas sea la de O Carballiño, villa famosa por su Festa do Pulpo, pero en modo alguno por su proximidad al mar.

El pulpo es bicho sibarita que se alimenta de mariscos, lo que acaso explique su delicado sabor. No debiera ser el caso de la especie que consumimos, ya que no procede de las rías sino de distantes caladeros donde no tiene garantizado su menú de nécoras y almejas.

En esto se conoce que los gallegos, pueblo de mucha emigración, han ido pillando lo mejor de los países en los que se buscaron la vida.

El propio Cunqueiro antes citado advertía que el pimentón, aderezo imprescindible del pulpo en Galicia, nos llegó desde América. Y el aceite, que también es ingrediente esencial, no abundaba precisamente en la época de invención del pulpo á feira, cuya receta bien podría ser obra de los arrieros maragatos de León en sus tratos con los feriantes gallegos.

Quizá sorprenda que el plato gallego de mayor reputación se elabore con materia prima procedente del Magreb, un aditivo de América y receta prestada por arrieros leoneses (si este fuera el caso). Todo eso no hace sino confirmar la condición multicultural y cosmopolita de la Galicia donde nadie es forastero. Hasta tenemos un pulpo inmigrante.

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