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Opinión | Escambullado no abisal

Elogio del villano

Javi Rueda, ante el Athletic Club.

Javi Rueda, ante el Athletic Club. / Jose Lores

El Celta, que es también un relato, vive instalado en un cuento de hadas. Este inicio liguero no lo empaña. Se ha batido el récord de permanencia en Primera y se ha repetido clasificación europea. El entrenador más idolatrado dirige el proyecto más canterano. La cohesión social ha disparado el número de socios. Los críos con camiseta proliferan en plazas y parques. Las iniciativas culturales profundizan en el arraigo. El mensaje identitario ha calado al son de la Oliveira. Las obras del estadio pronto terminarán, aunque para reiniciarse. Vivimos, en muchos sentidos, la mejor época de este siglo celeste. Al Celta sólo le hace falta un villano.

Las historias dependen en gran medida del villano. Será de carne, metal o fantasía. Químicamente puro o de moralidad ambigua. Un monstruo atroz o una montaña inabordable. El antagonista proporciona la medida exacta del héroe. Lo equilibra y lo completa. Adopta la forma que se necesite. Sin villano, aunque parezca contradictorio, la oscuridad amenaza con desbordarse.

El «caso Rueda» lo confirma. Claudio, obsesivamente impoluto sobre su caballo blanco, no quiere ser ese villano. No lo quieren ser Marián Mouriño, adicta a su popularidad, ni su bondadosa directiva. No lo quiere ser Marco Garcés, que ya aterrizó en Vigo recitando a Rosalía. Aquí todos prefieren ser héroes. Resulta comprensible. A nadie le gusta que lo abucheen por las redes y que la gente susurre a sus espaldas en la calle. Ejercer de villano es muy duro. No se le consienten ni la autocompasión ni el consuelo. Un buen villano debe militar con convicción en su villanía. Por eso resultan tan valiosos como imprescindibles.

El Celta, o sea, necesita un villano que soporte la presión del entrenador si realmente urge una venta tras varios ejercicios deficitarios. Que tome decisiones como apartar a jugadores en último año de contrato para forzar su renovación o su traspaso. Que se comporte con impiedad en las negociaciones. Así podremos vocearle nuestra repugnancia moral a la vez que secretamente, sin confesarlo siquiera al espejo, agradecemos la rentabilidad de sus manejos. Porque un villano paga muchas veces las facturas de los sueños ajenos. Y calla esas miserias de los héroes que ha conocido en la intimidad de su despacho.

El Celta necesita un villano, además, porque cuando la pelota no entra, lo que siempre termina sucediendo, se ofrece como culpable de aquello que generalmente tiene mil causas o ninguna, que es casi lo mismo. El villano nos proporciona la explicación sencilla que como seres humanos siempre necesitamos para guarecernos del sinsentido. Es el chivo expiatorio que lava con su sangre nuestros propios pecados y evita que todo arda, también lo que debe salvarse, cuando la desesperación cunde y los ciclos concluyen.

El Celta, en resumen, necesita a Antonio Chaves. Artífice, pese a cierta miopía, de los cimientos modernos del club y de cuyo rigor se sigue alimentando la entidad. Un Chaves, su copia o su remedo, tan caros de encontrar. El Celta necesita un villano antes de que el fútbol convierta en villanos a todos.

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