Opinión | Crónicas galantes
El planeta América
Empeñado en cambiar el nomenclátor del mundo, Donald Trump acaba de rebautizar el canadiense lago Ontario como lago América. Nada nuevo. Antes había hecho lo mismo con el golfo de México y ya está rumiando ponerle el nombre coloquial de su país -América- a los océanos Pacífico y Atlántico.
El poder onomástico del emperador no tardará en llegar a las rías atlánticas gallegas. Vigo y A Coruña pasarán a estar bañadas por el océano Americano, lo que acaso afecte a la denominación de origen de centollas y nécoras.
También habrá que actualizar el nombre de la OTAN, que ya era un invento estadounidense. Ahora quedará más claro, eso sí. En lugar de Organización del Tratado del Atlántico Norte, las siglas identificarán en un próximo futuro a la Organización del Tratado de América del Norte.
Lo raro de verdad es que el rubio de la Casa Blanca no haya pensado aún -y no quisiera uno dar ideas- en rebautizar a la Tierra como Planeta América, que además suena a comic de la Marvel.
En vez de andar mareando los nombres de golfos, lagos, mares, océanos y otros espacios acuáticos, lo lógico es que elevase el tiro para darle el nombre de América a todo el orbe. Razones no le faltarían en este caso al emperador.
Por más que el actual imperio parezca estar en declive, no es menos cierto que los USA -al modo de la antigua Roma- imponen al resto del mundo su idioma, sus costumbres, sus Google, sus Amazon, sus Halloween y sus Black Friday. Son también los americanos quienes controlan la navegación por los mares del planeta mediante la fuerza patrullera de sus siete flotas.
Lejos de ufanarse de ello, Trump se ha declarado nacionalista en más de una ocasión, lo que equivale a rebajar la condición imperial de su país a la de una nación como otra cualquiera. Se trata de un involuntario rasgo de humildad, por raro que esto parezca en él.
Diga lo que diga, algunos analistas americanos sostienen que, en realidad, el actual jefe del mundo es un imperialista clásico. A favor de esta hipótesis juega su deseo de anexionarse Canadá, Groenlandia y hasta el estrecho de Ormuz; o que se empantane en desaguisados bélicos como la guerra de Irán.
Todo esto parece el guion de alguna película extraviada de los Hermanos Marx, que fueron comediantes adelantados a su tiempo. Marxiana y tiernamente infantil es, desde luego, la imagen del presidente USA cuando se arma de rotulador para tachar nombres en el mapamundi y sustituirlos por la palabra América.
Sorprende que no haya considerado la más sencilla opción de bautizar al mundo con el nombre del imperio americano, ahorrando así tinta de bolígrafo. Lo que ya era un continente y, coloquialmente, un país, se convertiría directamente en un planeta. Y luego ya habría tiempo para ir pensando en Marte o en Plutón. Cosas de niños.
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