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Opinión | El correo americano

Imperialismo mágico

Lo ha vuelto a hacer. Renombrar algo después de una pataleta originada en un desencuentro diplomático. Ahora le ha tocado al Lago Ontario, como en su momento al Golfo de México. Trump ha firmado un decreto para llamarlo, a partir de ahora, Lago América. El motivo es ciertamente urgente y, por supuesto, nada caprichoso. El presidente piensa que los gobernantes canadienses son «gente desagradable» y no lo han tratado bien. Trump ya había sugerido de manera informal convertir al país vecino en otro estado. Sin embargo, la propensión del líder republicano a nombrar cosas con el dedo, como se hacía en el Macondo de Cien años de soledad, merece un comentario aparte.

Como en la novela de García Márquez, en Estados Unidos todo es posible y verosímil, porque el nivel de delirio que se ha alcanzado en el país nos ha acostumbrado a los sucesos más extraños. Al igual que los habitantes en la obra del autor colombiano, los estadounidenses podrían haber olvidado la función de las cosas, de ahí la necesidad de americanizarlo todo, pues las palabras extranjeras resultan incomprensibles en la mente del nacionalista que vive atrapado en sus ficciones dementes. En Estados Unidos no hay niños con colas de cerdo ni llueven flores amarillas. Pero se han visto algunas cosas raras. Trump ha creado un mundo a su medida, en el que congresistas y periodistas afines son capaces de propagar cualquier disparate para justificar las fantasías del señor presidente.

Si nos hubieran dicho hace unos años que esto iba a suceder (más allá de los guionistas de Los Simpson, a menudo inquietantemente proféticos), habríamos puesto cara de asombro. «No, ¿te imaginas?». «No, no puede ser». Hubiera resultado muy difícil de creer que un producto de la telerrealidad, un famoso empresario que aparecía frecuentemente en los medios de comunicación haciéndose el gracioso, se convertiría en presidente. Que un magnate de la construcción se iba a hacer con el voto de la clase trabajadora. Que muchos republicanos se posicionarían ferozmente en contra del candidato, sugiriendo que su elección no traería más que tragedia y destrucción, y luego se convertirían en groupies de ese villano a quien en su momento compararon con Hitler. Que el presidente de los Estados Unidos se iba a comportar de una manera infantil y que todas sus faltas de respeto serían normalizadas. Que un día nos despertaríamos y sus exabruptos nos parecerían algo típico del comandante en jefe. Un día más.

El otro día el vicepresidente JD Vance también bromeaba con la idea de que Canadá perteneciera a Estados Unidos. Estas declaraciones, como lo de anexionar Groenlandia, lo de tomar el control de Gaza para transformar la zona en un gran resort y la obsesión por cambiar las denominaciones de distintos lugares limítrofes forma parte de esta estrategia expansionista basada en la palabrería y la divagación. Un imperialismo mágico. Todo es medio en broma y medio en serio. Con la excepción, claro, de la guerra en Irán. Ahí las palabras sí se han convertido en acciones que tienen (y tendrán) consecuencias: es un pedazo de realidad difícil de borrar con unos cuantos chistes en redes sociales.

El presidente ha usado X (antes Twitter) para retratarse como Jesucristo. Recientemente ha publicado una lista con los mejores y peores presidentes de la historia colocándose él como el más grande de todos. Sus partidarios solían reírle las gracias. Ahora se muestran abiertamente de acuerdo con sus ensoñaciones. Trump ha arrastrado al país a ese territorio literario donde lo más absurdo e improbable forma parte de lo cotidiano y lo más extraño y sobrenatural se relata en la prensa con un realismo ya poco sorprendente. El presidente se entrega a sus locuras y dice cosas sin sentido y muchos lo aceptan con total naturalidad. Algún día alguien escribirá la gran novela americana sobre este confuso periodo y encajará perfectamente en esa tradición donde lo extraordinario ya no se puede separar de lo ordinario. De momento, uno de los mejores escritores que ha relatado los conflictos de la nación enajenada, con sus conspiraciones y sus presencias extrañas, es Thomas Pynchon. La realidad ya supera a la ficción. Trump es también un género literario.

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