Opinión
Mítica isla de Ogigia
Los fenicios, primeros marinos que se atrevieron a rebasar las columnas que luego los griegos llamarían de Heracles, la nombraron Abyla. Septem Fratres (siete hermanos) le dijeron los romanos, en referencia a sus siete colinas. De ahí evolucionó fonéticamente su nombre actual, Ceuta.
Será, acaso, por sus condiciones para ser un vergel, que las viejas mitologías situaron allí el Jardín de las Espérides, donde crecían las manzanas de oro que Hércules robó en su undécimo trabajo con la ayuda del titán Atlas, cuya hija, la ninfa Calipso, mucho después, retuvo en sus orillas a Ulises, que llegó a ellas náufrago tras perder a toda su tripulación y sus barcos debido a las tormentas desatadas por la furia de los dioses. Agarrado a los restos de un mástil, agotado y débil, Ulises flotó a la deriva durante nueve días hasta que las corrientes lo arrastraron al paradisíaco hogar de Calipso, que Homero llama isla de Ogigia. La ninfa lo recibió con hospitalidad, cuidándolo y alimentándolo, enamorada para siempre del griego, que permaneció allí siete años disfrutando de banquetes, lujos, placeres y la promesa de gozar de juventud eterna si decidía quedarse para siempre como esposo. Pero Ulises, que además del remo inventó el deseo de volver a casa, sentía nostalgia, la irrefrenable necesidad de regresar a Ítaca y reunirse con su esposa Penélope y su hijo Telémaco.
Tras una intervención de Atenea, Calipso recibió de Hermes la orden irrevocable de dejar marchar al guerrero. Aunque se enfureció y se deshizo en justos reproches, acató los designios de los dioses y, finalmente, demostró su generosidad ayudando a Ulises a preparar el regreso, entregándole herramientas para que construyera una balsa y proveyéndolo de abundantes provisiones para el viaje. Con un suave viento favorable, acaso de poniente, como en estos días, Ulises volvió a navegar, rumbo a Ítaca.
La historia de Ulises y Calipso nos deja muchas enseñanzas. A sus costas siguen llegando, agotados, náufragos de todos los mares, ulises de todas las edades cuyos dioses, volubles y terribles como a menudo suelen ser los dioses, los castigan con temporales y tormentas inmerecidas y los empujan al desastre. Cambie dioses por reyes, no hay gran diferencia.
Sí, la historia de Ulises y Calipso nos deja muchas enseñanzas, pero hay una a resaltar. La mítica isla de Ogigia representa un paraíso terrenal de eterna primavera, frondosos bosques, riqueza y felicidad, pero es también el aislamiento absoluto. Y nada han cambiado las cosas. Ahora, en estos días, nos estamos dando cuenta de algo que sus habitantes viven de continuo. La actual Ceuta es una isla sin serlo geográficamente, lejos de todo, siempre olvidada. En demoledora, inapelable frase de mi hermano Germinal, Ceuta, la mítica isla de Ogigia, limita al sur con la miseria y al norte con la indiferencia.
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