Opinión
Ceuta, la frontera de la esperanza
El paisaje del continente africano siempre se despliega abierto, libre, indefenso, por nada limitado ni maniatado, tal como advirtió con penetrante mirada Ryszard Kapuscinski. En cambio, la geografía de nuestra Europa histórica se cruza y se corta por murallas de defensa, castillos, fortalezas, búnkers y rutas militares, levantando limes rigurosos desde la Roma de Adriano para separar a los propios de los considerados bárbaros. Contemplar hoy las playas de Ceuta es asistir a ese choque brutal entre dos mundos que comparten una misma línea de horizonte pero distan abismalmente en bienestar y cultura. Allá donde se extiende la intemperie más absoluta, millones de seres humanos inactivos aguardan un papel en el gran escenario del mundo, transformados en actores sin obra a los que el progreso parece haber olvidado en la orilla de la desesperanza.
Frente a esta fractura, la política institucional suele perderse en cálculos mezquinos, olvidando que las fronteras no solo separan territorios, sino que examinan la altura moral de las civilizaciones. No se trata de buscar chivos expiatorios, siquiera en Bruselas, ni de enredarse en estrategias de despacho donde los alfiles desprecian las coronas, sino de atender con urgencia una realidad inapelable. En el urgimiento humanitario, primero se cura y después se pregunta; los derechos mínimos de los jóvenes que aspiran a una vida digna y la pacífica convivencia de los ciudadanos ceutíes que soportan la presión cotidiana exigen soluciones firmes, prácticas y justas, alejadas de la demagogia y del ruido de las mafias que lucran con la miseria.
La hospitalidad constituyó en su origen una de las improntas más nobles de la cultura clásica y una tradición sagrada en pueblos africanos donde el que nada tiene lo comparte todo con el viajero, bajo la vieja creencia de que el visitante podía portar la máscara de un dios o un hombre de bien. Recuperar esa mirada exige entender el encuentro con el otro no como una amenaza o un problema de orden público, sino como un acontecimiento y una oportunidad para la fraternidad. Los poderosos han tejido históricamente la guerra y el aislamiento para defender sus privilegios, pero los pueblos están llamados a desmontar los muros de la indiferencia.
Insistir en la reflexión sobre la otredad, como tantas veces he reivindicado a lo largo de mis artículos, nos conduce ineludiblemente a rescatar la esencia de términos universales como el concepto africano de Ubuntu. Aunque no sea una traducción literal, esta filosofía sudafricana encierra la verdad más honda de nuestra condición compartida bajo la máxima de que una persona es a través de las demás personas y que nuestra propia humanidad solo se realiza en la comunidad y la reciprocidad. Lejos de ver al extraño como un antagonista del que hay que protegerse mediante la separación radical, el humanismo exige asumir que el destino del otro nos concierne íntimamente.
Al final, la cuestión más honda del siglo XXI nos interpela directamente sobre el destino de la gente y sobre nuestra capacidad de acoger la radicalidad de la otredad sin miedo. Asumir esta responsabilidad exige edificar la convivencia sobre pilares de entendimiento, cultura y respeto mutuo, haciendo que la frontera de Ceuta deje de ser una cicatriz infranqueable de dolor y se convierta en un puente de concordia.
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