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Opinión | Crónicas galantes

Todo por triplicado en Galicia

En Galicia se hace todo por triplicado y con póliza, como en la antigua burocracia del Dios guarde a usted muchos años. Hay tres aeropuertos, tres universidades y una carísima autopista que las desune a todas. Los alcaldes se pelean también por el trazado de los trenes, y hasta los obispados fueron en su día motivo de conflicto.

Esa traslación del minifundio agrario a los ámbitos académico y aéreo parece estar arrojando tan malos resultados como en el campo. Dan fe de ello las noticias de estos días sobre el volumen de pasajeros de los aeropuertos y la pobre nota de las universidades en el examen anual de Shanghái.

Ninguna de estas últimas consigue asomar cabeza entre las 500 primeras del mundo. La de Compostela, que llegó a situarse en el rango de 301 a 400 hace diez años, se mantiene desde hace tres en puestos del 501 al 600. Fonseca es la que mejor aguanta el escrutinio, aunque no esté para tirar cohetes.

Peor les va a las otras dos, desgajadas de Santiago hace decenios. La de Vigo ha bajado esta vez un escalón hasta situarse en el intervalo de 901 a 1.000 en el ranking mundial. La de A Coruña no figura siquiera entre las mil clasificadas.

Algo similar ocurre con las tres terminales aéreas. Lo normal en un aeropuerto es que le pierdan a uno las maletas; pero no tanto que la competencia le vuele poco a poco los pasajeros. Se trata de un misterioso fenómeno de trasvase de muchos de los de Galicia a la terminal de Oporto, que llegó a presumir -no del todo sin razón- de ser «o aeroporto de tódolos galegos».

El enigma es fácil de descifrar. Mientras las autoridades de Galicia se enredaban en batallas municipales y espesas, las de Portugal confiaron la gestión del aeropuerto portuense a un grupo privado francés que no tardó en ver lo goloso que era el mercado de potenciales clientes a este lado del Miño.

Lo que siguió fue una inteligente campaña publicitaria basada en vuelos directos a muchas ciudades del mundo y en un copioso transporte de autobuses que salen a diario desde Vigo y otros lugares de Galicia hacia el aeropuerto portugués.

Quizá tengan algo que ver estas facilidades con el dato de que el número de viajeros gallegos que eligen Oporto para emprender sus viajes pasara de cien mil a comienzos de este siglo al millón seiscientos mil que mueve 26 años después. O que, en el mismo período de tiempo, la terminal portuense triplicara la suma de pasajeros de las tres de Galicia.

Con las universidades y los aeropuertos en declive, la fórmula de hacerlo todo por triplicado -y con la póliza de la gestión pública- parece no estar funcionando como las autoridades de por aquí esperaban. Será que nuestros mandamases andan algo atoallados. O despistados y aturdidos, por decirlo en castellano.

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