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Opinión

¿Se repite la historia?

Una de las citas que más éxito han tenido en la historia reciente del pensamiento se debe al hispanoestadounidense George Santayana. Jorge Agustín Nicolás, tal y como figuraba en su pasaporte español, que siempre conservó, fue uno de los más destacados catedráticos de filosofía de la edad dorada de Harvard. Era hijo de un diplomático español, Agustín Ruíz de Santayana y de Josefina Borras, hija a su vez de otro diplomático español, José Borras. En el primer volumen de su obra, La vida de la razón (1905-1906), escribió: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo».

¿Pero es esto realmente así? ¿Cometen los gobernantes y sus sociedades, una y otra vez, los mismos errores hasta el punto de generar dinámicas similares a las de otros momentos históricos? ¿O estamos, más bien, en manos de un destino que tiende a repetirse en circunstancias y ciclos similares?

Es una elección difícil porque podríamos decir que la historia nos deja ejemplos de ambas posibilidades. Si apostamos por la segunda opción y comenzando por un asunto divertido, me llamó la atención cómo, en redes sociales, algunas personas pronosticaban la victoria de España en la Copa del Mundo de fútbol, basándose en las coincidencias con la del 2010. Muchas de ellas son ampliamente conocidas y otras se completaron tras la final: se venía de ganar una Eurocopa, ambas comienzan un 11 de junio, 8 jugadores del Barça, mismo grupo H, tropiezo en el primer partido, la música de Shakira, victoria en la prórroga y por un solo gol, son algunas de las más llamativas. Por supuesto, lo más lógico es pensar que estamos ante un cumulo de casualidades, algunas muy lógicas. Un equipo que gana una Eurocopa tiene el suficiente nivel para ganar el Campeonato del Mundo. Si normalmente se celebra a finales de primavera y principios de verano, es lógico que el inicio coincida un 11 de junio, etc.

Otras coincidencias históricas resultan, sin embargo, más escalofriantes. Es el caso de Lincoln y Kennedy. El primero fue elegido para el Congreso por primera vez en 1846; el segundo en 1946. Elegidos presidentes en 1860 y 1960 respectivamente. Las dos esposas perdieron un hijo por aborto estando en la Casa Blanca. Los dos atentados fueron de un tiro en la cabeza un viernes. La secretaria de Lincoln se apellidaba Kennedy y la de Kennedy, Lincoln, y a ambos los sucedió un Jonhson.

Pero si optamos por la primera posibilidad, aunque no existe una repetición exacta, sí se dan similitudes curiosas o errores de determinados líderes con consecuencias similares. Es el caso de las campañas rusa o soviética de Napoleón y Hitler, error que a ambos autócratas les costó la derrota final. Las crisis financieras de 1929 y de 2008 tienen algunos patrones parecidos, lo mismo podría decirse de los intentos de conquista inglesa de Santo Domingo en 1655 o de Cartagena de Indias en 1741. De nuevo, se repiten los mismos patrones. Armadas imponentes y muy superiores a las fuerzas defensoras. En ambos casos se vendió la piel del oso antes de cazarlo. Cromwell estaba seguro del éxito y, de hecho, tras la humillante derrota (ni siquiera compensada por la toma de la casi indefensa Jamaica), envió al almirante de la flota William Penn y al general Robert Venables a la Torre de Londres, mientras en el caso de Cartagena se emitieron, por adelantado, monedas conmemorativas de la «victoria» de Vernon sobre Blas de Lezo.

Estos ejemplos me llevan a la siguiente reflexión: ¿puede un cuidadoso análisis de nuestro pasado permitirnos prever el futuro? Y más importante todavía: ¿puede ese análisis indicarnos qué errores debemos evitar cometer?

Un caso especialmente interesante es el de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Muchos autores ponen de relieve el proceso de rearme que se produce en la Europa anterior a la Gran Guerra. En principio, nadie quería una guerra de esas características, pero todas las potencias se preparaban, con un brío inusitado, para la misma. En su imprescindible Los cañones de agosto, Barbara Tuchman inicia el relato narrando los funerales de Eduardo VII de Inglaterra y concluye el primer párrafo con una frase que nos puede seguir pareciendo muy actual: «Pero en el reloj de la historia era el crepúsculo, y el sol del viejo mundo se estaba poniendo con un moribundo esplendor que nunca se vería otra vez».

En realidad, y aunque muchos estén tentados de meter a las dos grandes guerras del siglo XX en el mismo saco de los ejemplos anteriores, yo tiendo a pensar que se trató de un solo conflicto con un descanso reglamentario (la República de Weimar). Es decir, las causas que provocaron el estallido de la primera no tienen nada que ver con la segunda. En el primer caso, podemos hablar de dos nuevos actores (Alemania especialmente, pero también Italia), que se constituyen como naciones en la segunda mitad del XIX, irrumpiendo en una Europa ya conformada tras siglos de conflictos, como elefante en cacharrería, con tensiones colonialistas e imperialistas, junto a las tensiones nacionalistas del imperio austrohúngaro, y una miríada de circunstancias que llevaron al desastre. En la segunda guerra, tras unos acuerdos de paz que Alemania entiende injustos y humillantes, existe un afán de revancha que se canaliza a través del nacionalsocialismo de un fanático peligroso.

¿Se pueden sacar lecturas de lo aprendido en el siglo XX en relación con nuestra más reciente historia y la situación actual, ahora que aquellas guerras nos empiezan a parecer muy lejanas? Por desgracia, algunas similitudes resultan un tanto inquietantes. Hay autores que comparan la derrota de Rusia en la Guerra Fría y las condiciones «impuestas» por Occidente (desmantelamiento del Pacto de Varsovia, entrada en la OTAN de los países de Europa central y oriental y repúblicas exsoviéticas como las bálticas, limitaciones a su área de influencia, el euromaidan…) con la humillación alemana tras la Primera Guerra Mundial.

Aunque es un tema discutible, personalmente entiendo que se trata de una extrapolación exagerada y que merecería un análisis muy extenso que no viene al caso, pero resulta obvio, a tenor de la inquietante deriva seguida hasta ahora y de la aberrante guerra de Ucrania, que para la autocrática clase dirigente actual de la Federación Rusa no lo es, y así lo ha manifestado claramente, calificándolo de gran trauma histórico, en alguno de sus discursos, Vladimir Vladimirovich Putin.

Por otra parte, el proceso de rearme que asistimos a escala global no deja de recordar al de los años previos a la Gran Guerra, porque como han señalado muchos, cuando un país hace un acopio exagerado de armas acaba utilizándolas. El gran problema es que en la Primera Guerra Mundial no existían ni armas nucleares ni los difícilmente interceptables misiles hipersónicos actuales. El armamento nuclear es un arma de doble filo. Provoca la mayor disuasión posible (de hecho, no se ha vuelto a utilizar en un conflicto desde 1945), pero determinados regímenes con pocos contrapesos institucionales podrían estar tentados de utilizarlo a pesar de todo y con la incorporación de Corea del Norte, cada vez son más países en el club nuclear y no precisamente con los estándares democráticos y éticos deseables.

«La guerra es el remedio a las cosas que no tienen remedio», le dijo el cardenal Borja a Felipe IV. En el siglo XXI es hora de reformular la cita señalando que «la diplomacia es el remedio a las cosas que no tienen remedio». Un buen análisis de errores pasados nos puede ayudar a construir un futuro más fiable y seguro.

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