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Opinión | Crónicas galantes

Hitchcock en las rías

Como si se hubiesen escapado de una película de Hitchcock, las gaviotas andan picoteando en este agosto a los bañistas de Vigo y de las rías en general. Los ataques apenas pasaron de un par de decenas de casos, pero ya se sabe que todo es cuestión de que sigan cogiendo confianza.

Las gaviotas son aves que tienden a la delincuencia, como casi nadie ignora. Están especializadas en el robo de bocadillos a los niños en las Cíes y al público sin distinción de edades en las terrazas de los bares del litoral. Tampoco los turistas se libran de la ocasional sustracción de su cámara de vídeo.

Alguna de ellas ha subido un escalón en su audacia al pasearse no hace mucho entre las mesas de un establecimiento hostelero de Vigo con un cuchillo en el pico, al modo de los piratas. Se conoce que les han perdido el miedo a los seres humanos, temerosos a su vez de que los animalistas les reprochen cualquier forma de autodefensa.

Razones hay para ese temor. Un bañista fue sancionado años atrás por apalear a una gaviota en las Islas Cíes, por más que el infractor de la Ley de Patrimonio Natural alegase que actuó en defensa propia frente a una bandada.

Hay que reconocer, desde luego, que son los bañistas quienes invaden su hábitat natural en el caso de los picotazos a los usuarios de las playas. Serían las gaviotas, en realidad, las que se estuviesen defendiendo mediante el ataque a los veraneantes de agosto en las rías.

Como quiera que sea, se trata de una nueva reacción de la fauna a la invasión de su territorio. A las fanecas bravas y a las carabelas portuguesas, que de siempre han atacado por vía marítima, se suman ahora estas palmípedas voladoras.

No existe, que uno conozca, una explicación científica a esta actitud. Se malician algunos que las gaviotas pudieran haberse sumado a la campaña contra el turismo, que tampoco es tanto -por lo de ahora- en Galicia. Pero quizá resulte exagerado adjudicarles semejante conciencia social.

También pudiera ocurrir que hayan visto Los pájaros del antes mentado Alfred Hitchcock, película en la que actuaban como actrices secundarias. Y ya se sabe que uno tiende a imitar lo que ve en el cine.

Lo cierto es que han perfeccionado sus técnicas de vuelo hasta el punto de lanzarse en picado sobre las tapas de la clientela que ocupa las terrazas. Son la pesadilla del gremio hostelero, que es el que paga los platos y vasos rotos por estos pájaros, idealizados por Richard Bach en su novela Juan Salvador Gaviota.

Todo lo malo será que las gaviotas se organicen, como los cuervos, para perpetrar colectivamente sus módicas fechorías. Si tal fuese el improbable caso, recuerden los bañistas que se trata de una especie a la que amparan diversas leyes. Como es natural, porque cada vez son menos.

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