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Opinión

La guerra psicológica de Ucrania contra Rusia no ha funcionado

Lo ha tenido que reconocer la revista estadounidense The Atlantic, que en un ensayo de Anna Nemtsova, le dice a Occidente que abandone toda esperanza de que los rusos vayan a rebelarse contra el Kremlin por las dificultades para llenar el depósito del coche tras los ataques ucranianos a las refinerías del país.

Estados Unidos y sus aliados, escribe la periodista Nemtsova, parecían confiar en que los rusos terminarían levantándose contra el Gobierno porque después de cuatro años, la guerra de Ucrania ha llegado también a sus hogares, pero no parece que esto vaya a ocurrir, reconoce, ni ahora ni en un futuro próximo.

Su tesis es que los rusos están acostumbrados desde la escasez de la época soviética a todo tipo de inconveniencias. En la URSS las colas para cualquier cosa formaban parte de la vida diaria, e incluso se publicó algún libro sociológico al respecto.

La Unión Soviética, no solo Rusia, sino todas las repúblicas, soportaron, como es bien sabido, veintisiete millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial, y eso deja sin duda una huella profunda en varias generaciones. Uno de los problemas de los políticos occidentales es que son incapaces de entender la mentalidad del pueblo ruso.

La campaña de cuarenta días que se dio el presidente ucraniano, que debería, sin embargo, entenderlos mejor para con sus ataques contra objetivos en el interior de Rusia con los drones proporcionados por los europeos quebrar la moral del pueblo ruso, ha fracasado estrepitosamente. La guerra psicológica de Volodímir Zelenski no funcionó como esperaba.

A solo un mes de las próximas elecciones al Parlamento ruso, el jefe del Estado, Vladimir Putin, sigue teniendo una aprobación entre los ciudadanos que envidiaría cualquier dirigente europeo: en torno a un 78 por ciento.

No cabe duda de que los ataques ucranianos tanto a las refinerías como a los almacenes de Wildberries, el Amazon ruso, y otras instalaciones, han causado problemas de abastecimiento y dañado la economía rusa, pero no tanto como para provocar el descontento generalizado aunque las muertes de civiles en esos ataques sí han enojado a los ciudadanos.

Mientras tanto, las fuerzas rusas continúan avanzando en el frente y controlando cada vez más ciudades, las últimas que quedan para ocupar enteramente el Donbás, pero esto es algo que prefieren obviar los medios europeos porque desmiente la propaganda de la OTAN según la cual Ucrania ha parado a los rusos y puede ganar la guerra.

La jefe de la mal llamada «diplomacia europea», Kaja Kallas, sigue a lo suyo, que son las sanciones a Rusia. En los próximos meses, declaró la estonia al diario alemán Die Welt, propondrá «las sanciones más drásticas desde el comienzo de la guerra» porque «hay que aumentar la presión sobre Moscú hasta que acepte poner fin al conflicto».

Desde que comenzó la invasión en 2022, Bruselas ha aprobado ya veintiún paquetes de sanciones contra políticos, militares, oligarcas y empresas rusas, pero, según Kallas, la próxima lista aumentará en un tercio el número de compañías e individuos sancionados.

Las sanciones han tenido, sin embargo, muchas veces un efecto de bumerán y han dañado a la propia economía europea, sobre todo a su industria, que ha tenido que renunciar a la energía barata rusa para comprarla mucho más cara a Estados Unidos y otros países.

A Kallas, lo mismo que al secretario del Tesoro de EE UU, Scott Bessent, por lo que respecta a Irán, habría que recomendarles la lectura del libro The Sanctions Paradox (La Paradoja de las Sanciones), del politólogo estadounidense Daniel W. Drezner, que explica cómo los intentos de castigar a un rival político terminan dañando alianzas y fortaleciendo al sancionado.

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