Opinión | El boletín del Director

Director de Faro de Vigo
¿Es lo mismo no ir a trabajar que estar de baja?
El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana

El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana / FDV
Ahora que muchos de vosotros estáis apurando las vacaciones; que estáis a las puertas del regreso a la trinchera (hasta la meteorología parece haberse puesto de acuerdo para hacer más evidente que los días de relax se acaban); ahora que nuestros becarios están a punto del good bye (por cierto, chicas y chicos, buen trabajo); ahora que bermudas, camisetas y sandalias tienen los días contados… ahora es un buen momento para reflexionar sobre la otra cara del mercado laboral. Porque, claro, si hay algo peor que no tener un empleo es tenerlo y despreciarlo.
Sé que es un asunto espinoso, poliédrico, de muchas capas. Pasto de visiones maniqueas, de las lecturas en blanco y negro: empresas malas-empleados buenos, y viceversa. Es, lo sabemos, una cuestión que afecta a derechos fundamentales de los trabajadores. Pero también a sus deberes. Os estoy hablando del absentismo laboral, un agujero que empresas y administraciones públicas son incapaces de taponar. Lara Graña, redactora jefe de Economía, nos contó que empresas, incapaces de suturar la sangría que padecen, han decidido pagar vía convenio colectivo a los trabajadores por el hecho de acudir a su puesto. Algunas con una extra de hasta 700 euros anuales; otras con dos euros por día. No sé si esta es la solución, ni siquiera sé si les está funcionando. Pero sí sé que si que si les va bien lo de la paguita, sería la peor de las señales: ¿si te pagan un sobresueldo vas al curro; si no te pagan, te quedas en casa?
Este asunto, que tiene un coste económico, no se resolverá con medidas unilaterales, con soluciones milagrosas. Para empezar, habría que distinguir entre bajas médicas y absentismo puro y duro. Y esto ya no es nada fácil. Y, en segundo lugar, habría que discernir entre bajas médicas reales y aquellas otras que, en fin, son cuando menos sospechosas. Esta frase puede incendiar algunos ánimos. Seguro que los incendia. Alguno me dirá que estoy criminalizando a los trabajadores; que los convierto en presuntos culpables. No es así. Solo planteo realidades a la vista de todos. Porque, honestamente, ¿ninguno de vosotros conoce a alguien que se ha aprovechado de la generosidad o las debilidades del sistema? ¿Ninguno ha sufrido las consecuencias de la ausencia injustificada de un compañero de trabajo? ¿Ninguno? Me atrevería a decir que la respuesta es afirmativa. Así que, si pudiéramos sumar todos esos casos particulares que conocéis, nos daría una imagen más certera del fenómeno.
El quid de la cuestión sería distinguir entre las bajas médicas y el absentismo puro (el de los jetas, aunque algunos tengan parte médico). Y en el primer caso, analizar por qué hay tantas ausencias por motivos de salud. ¿Qué están haciendo mal las empresas? ¿Qué condiciones de trabajo están ofreciendo a los trabajadores? ¿Se están preocupando de verdad por la salud física y mental de sus empleados? ¿Aguanta hoy menos el trabajador o es que antes se aguantaba demasiado? ¿Cómo, de mal, está funcionando la inspección laboral y la atención médica? ¿A qué se dedican las mutuas?
En el segundo caso, las preguntas son otras: ¿Ya no hay aprecio al trabajo? ¿Por qué no se valora? ¿Se ha impuesto la idea de que el trabajo no debe suponer sacrificio y lo realmente importante es la calidad de vida, eso de sentirse realizado y ser feliz? ¿Escaquearse hoy no tiene coste? ¿Se ha perdido la cultura del trabajo y el respeto a los compañeros (porque en ocasiones cuando alguien falta, otro realiza su labor)? ¿Por qué se sienten las empresas indefensas ante un fenómeno que en ocasiones raya la impunidad?
Como veis, esto va más de preguntas que de respuestas. Pero es imposible, y eso lo sabemos bien los periodistas, aproximarse a la respuesta sin formularse antes las preguntas, sobre todo las preguntas correctas, sin temores ni prejuicios. Hasta ahora empresas y administraciones han mirado para otro lado, metiendo el problema debajo de la alfombra, hasta que la chepa de la alfombra tiene la forma de un pico montañoso.
La Xunta se ha puesto las pilas y ha dado pasos en la dirección correcta, por la vía del consenso y el acuerdo con algún sindicato. Nos alegramos. Pero me temo que la cuestión de fondo tiene una raíz más profunda. No solo tiene que ver con la precariedad del sistema general ni con las condiciones laborales, que también, sino con un cambio de mentalidad, un cambio cultural, que, a mi juicio, encuentra su origen en nuestros hogares; en la forma que educamos a nuestros hijos, en los valores que les transmitimos. Disciplina, entrega, sacrificio, respeto, responsabilidad, compromiso quizá no sean para muchos unas palabras bonitas, pero sí son imprescindibles en el diccionario vital de cualquier persona. Creer que sin ellas se puede vivir es un error de consecuencias graves. Fernando Savater nos enseñó que educar es preparar a los críos para la vida real, para que sean ciudadanos libres y responsables. Que educar es también decir no. ¿Lo estamos haciendo?
En fin, esto pretendía ser también una bienvenida al trabajo (otros aún no nos hemos ido), una bienvenida al mundo real. Así que no os deprimáis ni os vengáis abajo. Intentad disfrutarlo, ver el lado positivo, que siempre lo hay (pero si no lo veis nunca, en ninguna circunstancia; si en realidad no lo soportáis, si volvéis amargados, preguntaos si merece la pena seguir). Ah, y pensad que ya falta menos para las siguientes vacaciones.
¡Buen finde!
Email: director@farodevigo.es
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