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Opinión | Crónicas galantes

La presidencia es un número

Se cree erróneamente que al presidente Mariano Rajoy lo despeñó años atrás del cargo la corrupción de su partido, cuando en realidad fue la aritmética. Puede que ciertos escándalos influyesen en la censura presentada ante el Congreso por el ahora condenado José Luis Ábalos, desde luego. Pero la verdadera razón que aupó y mantiene a Pedro Sánchez en la jefatura del Gobierno es la mera suma de la mitad más uno del total de los diputados. La presidencia es un número.

Los conservadores apeados hace ocho años del poder alegan que la ristra de asuntos feos que ahora afligen al PSOE es motivo suficiente, como entonces, para que el presidente haga mutis por el foro. Depende.

Por mucho ruido ambiental que haya en el Congreso, en las redes y en las teles, la presidencia del Gobierno es una cuestión puramente numérica. A Sánchez no lo echará la corrupción, sino -llegado el caso- una suma de diputados suficiente.

De sumas y divisiones va precisamente la política. Al presidente lo eligen los diputados que, a su vez, son escogidos de manera indirecta por el pueblo mediante una fórmula matemática ideada por el belga D’Hondt. El método, de uso en España y otros países, se basa en la aplicación de cocientes que traducen a escaños el voto en bruto de la ciudadanía.

No sucede en todas las naciones. Ahí está el caso del Reino Unido, donde el ya ex primer ministro Keir Starmer hizo mutis por el foro semanas atrás, solo dos años después de ser elegido por mayoría absoluta.

Starmer no fue apartado del cargo por asuntos de corrupción o cualquier otra situación extraordinaria. Lo ha echado su propio partido -el Laborista- bajo la sensacional acusación de ser impopular y no cumplir sus promesas. También influyó, aunque menos, el que aceptase regalos de ropa o invitaciones a partidos de fútbol cuando estaba en la oposición.

Cuesta trabajo imaginar que el PSOE le diese la boleta a Sánchez o que el PP hubiera hecho lo propio con Rajoy por motivos semejantes. Y menos aún por incumplir promesas. Esas son cosas de británicos, gente famosamente excéntrica. Lo propio aquí y en casi todo el mundo es que el partido de enfrente invite al presidente a tomar la puerta de salida.

En la más tolerante España ni siquiera hubiese sido noticia que al presidente del Gobierno lo obsequiasen con ropa -cara, eso sí- o entradas para ver a su equipo favorito. Que su propio partido lo botara de la presidencia por su impopularidad ya sería motivo de rechifla.

Lo que felizmente manda aquí es la aritmética del Parlamento, aunque la suma incluya a peras y manzanas. Por algo el ilustre reaccionario Borges dijo en su momento que la democracia es una superstición basada en el abuso de la estadística. Luego se desdijo, pero es que ya estaba algo mayor.

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