Opinión | Crónicas galantes
Argentina, más allá del balón
Corre por los vertederos de las redes sociales la idea de que el mundo odia a los argentinos. La causa de esa tan negativa impresión sería el comportamiento arrabalero de los jugadores de su equipo durante la reciente Copa del Mundo de Fútbol. Son ganas de exagerar.
En realidad, casi nadie recuerda ya en España o en cualquier otro país los sucesos del último campeonato. Por mucho que se esfuercen los algoritmos en crear mal rollo, la gente pasa olímpicamente de estas batallitas.
«Fútbol es fútbol», decía el redundante Vujadin Boskov, que era serbio y algo sabía de contiendas. Lo mismo opina, como es lógico, la gente sensata que siguió el Mundial. Muerto el torneo, se acabó la rabia.
De Argentina, cierto es, importamos en su día a España algunos hábitos poco deseables como el de hacer escrache al adversario político. Peor aún que eso, imitamos en las manifestaciones los pareados más bien infantiles inspirados en el «Perón, Perón, qué grande sos». Uno de los más populares por aquí fue: «Ministro, mamón, trabaja de peón», con el que se injuriaba imparcialmente a los gobernantes y a los albañiles.
Importamos muchos más -y mejores- bienes del país rioplatense, por supuesto. De allá nos llegaron el fulgor del castellano reinventado por Borges y Cortázar, los tangos de libertad de Astor Piazzola o Santos Discépolo y las pobladas librerías de Buenos Aires. Todas ellas surtidas por autores del talento de Ernesto Sábato, Alfonsina Storni, Adolfo Bioy o Manuel Mújica, por citar solo unos pocos nombres.
Conviene no olvidar tampoco sus aportaciones a la cultura popular. Desde Di Stéfano al inolvidable Quino, padre de Mafalda, Argentina ha sido una pertinaz fuente de alegría y disfrute estético para el mundo.
Ese legado crece aún más si hablamos de los gallegos, que fueron acogidos allá por cientos de miles cuando acá pintaban bastos en la baraja de la economía. Cruzamos el charco en número lo bastante cuantioso como para inspirar a Quino el personaje de Manolito Goreiro: un niño entrañable en su rudeza que soñaba con cadenas de supermercados y creía firmemente en la divinidad de los Rockefeller.
El océano y sus mareas humanas han hecho que ese flujo de Galicia y España a América se invierta ahora, en lo que parece una más que justa reciprocidad.
Fue precisamente el porteño Borges quien advirtió hasta qué punto es arbitrario juzgar a un país por sus gobernantes, ya sean políticos o milicos. Llegará un día en el que mereceremos no tener gobiernos, fabulaba el mentado Borges.
La Argentina que tanto ha dado al mundo se merece no ser juzgada en función de sus gobernantes, y en modo alguno por el comportamiento suburbial de los jugadores y fanáticos de su equipo nacional de fútbol. Aquí ya hemos decidido tener la fiesta en paz, por fortuna.
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