Opinión | El correo americano
Vosotros lo permitisteis
Un hombre llega a un pequeño pueblo de una zona rural estadounidense. Es una persona carismática, cautivadora, misteriosa. Comienza a realizar unas pequeñas subastas. Los ciudadanos participan, algunos de manera entusiasta, otros a regañadientes. Primero se subastan objetos de poco valor, aquellos que nadie utiliza. Pero el subastador va pidiendo más, no solo utensilios ya inservibles, sino también muebles, maquinaria, pertenencias de relevancia. Incluso los niños. El hombre propone ampliar la seguridad; incrementa el número de auxiliares de Policía. Estos cambios se producen, de acuerdo con el subastador, en nombre del progreso, de acuerdo a la mejor tradición del país, casi como un acto de patriotismo. El subastador persuade con su verborrea, conquista a las personas influyentes, adquiere poder sobre el pueblo como una fuerza irresistible e imparable. Es la personificación de la demagogia, del populismo, del autoritarismo. Todo en nombre de la mejor tradición estadounidense.
La novela es de Joan Samson, una mujer que no pudo ver cómo esta obra maestra del terror, publicada en los años setenta, se convertía en un fenómeno editorial. Murió de cáncer a los 38 años de edad. Pocas obras capturan de una manera tan detallista y equilibrada las fuerzas malignas que operan en Estados Unidos. El texto se puede interpretar desde múltiples perspectivas. Todas pueden ser válidas. Aunque, a mi juicio, algunas tienen más peso que otras. Los libertarians la entienden cómo una advertencia de los peligros que conlleva un Estado intervencionista. Comienzan pidiéndote unas pocas cosas, luego te piden más, te hacen sentir mal si no se las proporcionas, y, sin darte cuenta, acaban desarmándote (el villano de la historia le confisca las armas a una familia) y expropiando tu tierra y tus posesiones. Los progresistas, en cambio, la ven como una fábula sobre el capitalismo y sus consecuencias nocivas. Sobre el auge del fascismo, con sus proyectos eugenésicos (en la subasta de niños se ofrece material de «raza blanca» y «sin enfermedades») y sus políticas coercitivas.
Lo cierto es que El subastador parece ajustarse a todas las ideologías y temores de uno y otro bando. Y ahí radica precisamente su valor. Un efecto similar al que en su día provocó La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, película entendida como una crítica al conformismo del ciudadano estadounidense durante la era Eisenhower o como una advertencia sobre la amenaza comunista. Ocurre que en El subastador se realiza una mirada hacia dentro. Lo que presenciamos solo puede acontecer en América y salir de América, de esa América idílica y apacible en la que, sin embargo, la violencia puede estallar en cualquier momento y el vecino más agradable puede convertirse en la persona más infame.
Por supuesto, como señala el viudo de Samson en el epílogo de la novela, publicada por Minotauro en España, El subastador ha renacido ahora como una alegoría del trumpismo, aunque, por supuesto, es mucho más que eso. Los comportamientos de los personajes nos resultan familiares. Como la degradación de la sociedad. El modo en que una comunidad entera se deja embaucar por un hombre perverso y manipulador. Por ignorancia o por miedo. Siempre en nombre de ideas y valores admirables. La forma en que el subastador desea devolverle la grandeza a ese pueblo. Unas conductas que parecen fácilmente reconocibles hoy en día. El estilo de Samson es conciso, directo, literariamente honesto, desnudo. Sin florituras, sin las opiniones de un narrador que, en vez de pontificar, describe las escenas tal y como sucederían en esas circunstancias, describiendo el paisaje con un realismo abrumador, mientras cocina lentamente una narración que se dirige a un final apoteósico, que también juega con las emociones del lector.
El subastador es una de esas novelas eternas, como todas las grandes novelas, que volverán en el momento oportuno para recordarnos quiénes somos y lo que estamos dispuestos a hacer cuando nos dejamos seducir por la demagogia y abandonamos nuestros principios. Porque, aunque nos creamos inocentes, como nos advierte el subastador, «haya hecho lo que haya hecho. Vosotros lo permitisteis».
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