Opinión | Crónicas galantes
Jabalíes de nuestra infancia
Animal insurgente y algo anarquista, el jabalí va a sufrir persecución del Gobierno -el gallego, en este caso-, que ha decidido hacerle pagar sus fechorías. La Xunta acaba de dar barra libre a los cazadores durante un año con el propósito de reducir la población de la especie.
Esto se veía venir desde que los jabalíes comenzaron a dejarse ver por las ciudades de este Reino. Algunas de esas manadas se comportaban con civismo y hasta utilizaban los pasos cebra para cruzar la calle; pero lo cierto es que traspasaron lo que ahora se llama una línea roja. Y les ha caído la del pulpo, lógicamente.
Habrá quien exagere al pensar que la medida gubernamental es una represalia de los políticos contra el jabalí, que es fauna famosamente antisistema. Da fe de ello el hecho de que algunos se inmolasen muchos años atrás en un atentado contra el coche del entonces presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo. O que en tiempos más cercanos atacasen los coches en los que viajaban un conselleiro o un presidente de Diputación galaica.
Infelizmente, no se trata de casos aislados ni hay porqué sospechar que los jabalíes les tengan una especial inquina a los gobernantes. Son miles los sustos y percances de tráfico que proporcionan cada año a los automovilistas con o sin graduación, como si estuviesen empeñados en subvertir el orden en las carreteras.
A ello hay que sumar los cuantiosos daños en los pastos y cultivos, que los sindicatos de la despoblada Galicia rural cifran en doce millones de euros anuales. Existen razones, en fin, para el contraataque en forma de guerra total que el Gobierno autónomo acaba de ordenar contra esta follonera especie.
Cuestión distinta es el aspecto sentimental del asunto para muchos gallegos que en su día vieron con simpatía al pobre jabalí.
Podría sufrir incluso un trauma la infancia, hoy ya talluda, que creció con Xabarín: aquel puerco bravo y además gamberro que alcanzó celebridad decenios atrás en la tele galaica. Con talentos como Miguelanxo Prado o Antonio Blanco, entre muchos otros, el programa urdido por Suso Iglesias dio -acaso por primera vez- valor de mercado a la lengua gallega en el audiovisual.
La idea consistía en romper con los almíbares un tanto cursis de la factoría Disney -que ahí sigue, triunfando- para sustituirla por un jabalí descarado y roquero. Hasta 100.000 chavales llegó a reunir como socios el Xabarín Club, lo que tal vez no sea pequeño portento en una población tan envejecida como la de Galicia.
Muchos de esos rapaces, hoy adultos, seguirán ejerciendo la nostalgia de aquel jabato rebelde que los acompañó en la infancia. El país y sus paisanos han cambiado bastante desde entonces, pero aun así el jabalí ha de seguir siendo un agradable recuerdo para las generaciones X y Mileniales. La Xunta no tiene corazón, hombre.
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