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Opinión

Solo con Rosa

«Pues yo solo quiero con Rosa», dijo la señora en el gabinete de estética. La intentaron convencer para que la atendiera otra empleada, incluso mejor que “la suya”, pero no, la octogenaria, erre que erre que no, que no quería, hasta que, fajándose en la pelea, lo consiguió. Y es que Rosa es la única que le acaricia la cara simulando un pelo extraviado en la ceja o en el bigote; la única que le dice lo guapa que está; la única que con sus disparates logra hacerla reír. Por eso, no quiere a nadie más que a ella; por eso todas las semanas va al gabinete a buscar ese poquito de amor, tan grande, que le da Rosa.

Y qué puedo decir de mi secretaria de la oficina de la Valedora de la Ciudadanía que después de escuchar a la compungida visita le contesta: “¿Vd. lo que quiere es un abracito, verdad? Sí, le responde la ciudadana con los ojos a cuadros. y Conchi, que así se llama mi secre, ni corta ni perezosa, va, traspasa la mesa que las separa y se lo da. ¡Santo remedio!

“La oficina del abrazo” nos van a terminar llamando como Conchi siga en esta cariñosa línea de contacto con la ciudadanía.

Y así, en parecida manera, están los médicos que curan tocando al paciente, las trabajadoras de los centros de mayores que los amarrucan para que olviden sus tristezas ; las cuidadoras de los centros de menores que los besuquean y cobijan en el colo para que se sientan protegidos y amados ; los que nos saludan sonrientes con un buenos días para que comencemos mejor el día; los que practican el abrazo, la caricia, la risa y la sonrisa porque saben que, en muchas ocasiones, son actos de solidaridad, de utilidad social e incluso de satisfacción personal.

Atreverse a acercarse, a rebasar el círculo cerrado del “otro”; hacerlo reír; regalarle sonrisa y energía; acogerlo; transmitirle sin palabras que no está solo, que no es el «otro»; hacerlo sentir con nosotros y nosotros con él, es algo bien sencillo, pero bien difícil. Por ello, tal vez, no estaría de más ponerse a pedalear en ese sentido de marcha del amor.

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