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Opinión | Editorial

El periodismo es imprescindible y más el local

Un joven leyendo la prensa.

Un joven leyendo la prensa. / Chumash Maxim

El periodismo siempre ha vivido en transformación, pero nunca había afrontado un ecosistema tan veloz, fragmentado, incontrolado y opaco. A los cambios tecnológicos y a los nuevos hábitos de consumo se suma la proliferación de actores que difunden contenidos a escala masiva sin someterse, con frecuencia, a procedimientos elementales de verificación, obligaciones de transparencia ni responsabilidades a las que está sometido un medio profesional. Algoritmos que operan en la clandestinidad deciden qué vemos, la emoción se impone a la reflexión y la velocidad premia lo espectacular frente a lo veraz. Estas son las nuevas reglas del juego que algunos tratan de imponer.

El escenario puede alimentar el desasosiego y la tentación de interpretar toda innovación como una amenaza. Puede avivar la desconfianza y el desistimiento. Sin embargo, la conclusión debería ser la contraria: el periodismo es hoy más necesario que nunca. Porque una sociedad libre necesita hechos comprobados, contexto, contraste de versiones, análisis riguroso y espacios donde las opiniones puedan discrepar sobre una realidad compartida. Sobre hechos.

El periodismo no debe identificarse con ninguno de los soportes que ha utilizado a lo largo de su historia. Puede cambiar el papel por la pantalla, la edición diaria por la actualización permanente o el texto por el vídeo, el audio y las narrativas interactivas. Es más, tiene la obligación de hacerlo. Sin embargo, no debe abandonar nunca su método de trabajo: comprobar, contrastar, contextualizar, escuchar versiones distintas, rectificar cuando se equivoca y responder públicamente de su trabajo. En un entorno donde cualquiera puede distribuir contenidos sin acreditar su origen ni asumir sus consecuencias, esas obligaciones no son un vestigio, algo pasado de moda, son una garantía democrática.

Por eso resulta erróneo confundir la crisis de soportes o modelos de negocio con la desaparición de la necesidad social del periodismo. Esa confusión, difundida a menudo por quienes se benefician de debilitar a los medios, ignora un hecho esencial: cuanto mayor es el volumen de información disponible, más necesaria es la capacidad de distinguir lo importante de lo accesorio, los hechos de las conjeturas y la información de la propaganda.

Algunos datos respaldan esta idea. El Digital News Report España 2026, elaborado por investigadores de la Universidad de Navarra en colaboración con el Reuters Institute for the Study of Journalism de la Universidad de Oxford, ofrece una radiografía anual de los hábitos informativos de la ciudadanía. Su diagnóstico contiene señales alentadoras. El interés por las noticias repunta, la confianza en los medios se recupera y las marcas periodísticas consolidadas mantienen una credibilidad muy superior a la atribuida a las redes sociales o a los chatbots de inteligencia artificial.

El dato más significativo para una cabecera como FARO se encuentra en el capítulo de los medios regionales y locales. El 54 % de las personas encuestadas confía en sus contenidos y solo el 14% declara desconfiar. No es una buena noticia únicamente para quienes trabajamos cada día en ellos. Es la constatación del valor que el periodismo de proximidad conserva para la sociedad. Porque informa sobre los servicios que utilizamos, fiscaliza las instituciones, da visibilidad a problemas y reivindicaciones que difícilmente encuentran espacio en la agenda nacional y acompaña la vida cotidiana de una comunidad. También da visibilidad a logros, conquistas y éxitos. Esa confianza no significa que el periodismo local hay resuelto sus desafíos —económicos, tecnológicos o generacionales—, pero nos indica que conserva una posición privilegiada de credibilidad, prestigio y utilidad sociales.

El Digital News Report desmonta también algunos prejuicios sobre los jóvenes. Su relación con la actualidad no se ajusta al estereotipo de una generación indiferente. El informe revela que ha crecido su interés por estar informados y que saben distinguir lo que les llega por cada fuente. Las redes sociales, los creadores de contenido y las herramientas de inteligencia artificial les ofrecen cercanía, rapidez y entretenimiento, pero siguen atribuyendo a los medios profesionales mayores niveles de fiabilidad, conocimiento e imparcialidad.

Los jóvenes reconocen que la popularidad o la proximidad no equivalen a credibilidad y que la forma más atractiva no garantiza la veracidad. Existe, por tanto, una base crítica sobre la que los medios podemos fortalecer nuestra relación con ellos. Pero no todo son noticias positivas. Los jóvenes consumen noticias con menor frecuencia, se mueven en entornos donde información, opinión, publicidad y propaganda se entremezclan, y están más expuestos a imágenes y relatos que ofrecen una realidad alternativa que nunca ha existido.

El desafío del periodismo no consiste en negar esos canales, sino en profundizar en ellos sin contaminarse de sus vicios y defectos. Una red social es un medio de distribución, no una garantía de falsedad; un creador de contenido puede aportar conocimiento o propagar un bulo. La frontera no es la que separa lo nuevo de lo antiguo, sino la que distingue entre el contenido riguroso, elaborado según códigos profesionales deontológicos, de aquel que oculta su origen, sus intereses y sus métodos.

Los medios debemos asumir esa transformación con ambición y sin complejos. La tecnología permite que el periodismo llegue a más personas, a más lugares y con mayor rapidez como nunca en otro momento de su historia. Podemos recurrir a texto, vídeo, audio, gráficos, bases de datos y narrativas pensadas para cada plataforma. También podemos recibir de forma inmediata el feedback de nuestros lectores, mantener con ellos un diálogo fluido y enriquecedor. Nunca existieron tantos puentes entre una redacción y su territorio. La tecnología, bien utilizada, no debilita la esencia del oficio, sino que amplía su vocación de altavoz. Esta formidable oportunidad exige, sin embargo, preservar nuestra esencia. La misión no es decir a los ciudadanos lo que desean escuchar, sino proporcionarles los elementos que se formen su propio juicio.

Esta responsabilidad interpela de manera especial a los medios regionales y locales y, por tanto, también a FARO. El informe de Digital News Report nos indica que algo estamos haciendo bien. Sin caer en la autocomplacencia y a las puertas de cumplir 175 años de existencia ininterrumpida, nuestro compromiso con el periodismo permanece intacto. Sin renunciar a su ADN, esta cabecera ha incorporado la tecnología y los nuevos lenguajes para extender sus redes, aunque mantenga el faro dirigido a lo más próximo: las calles, los barrios, los concellos, las empresas, las instituciones y las personas que forman nuestra comunidad.

La posición de FARO, situado entre los grandes periódicos de España tanto en su difusión impresa como en su audiencia digital, es motivo de satisfacción, pero sobre todo de responsabilidad. Una cabecera no se sostiene durante casi dos siglos por la fuerza de su nombre, por su glorioso pasado. Lo hace porque muchas generaciones de lectores le han concedido su confianza y, al mismo tiempo, le han exigido rigor, independencia y la obligación de corregir cuando se equivoca. Tenemos una audiencia extraordinariamente leal, pero también crítica, algo que, lejos de incomodarnos, lo asumimos como un acicate. Porque nuestros lectores son nuestro patrimonio.

Una sociedad libre, sanamente democrática, necesita ciudadanos críticos, y estos precisan de información comprobada, veraz, responsable. Si el periodismo es imprescindible para distinguir los hechos de los bulos y la información de la manipulación, el periodismo local lo es todavía más. Porque es el espejo en el que una comunidad se reconoce, dialoga, se interroga y construye su futuro. Ahí reside, hoy como hace casi 175 años, la razón de ser de FARO.

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