Opinión
Las joyas
La vieja Catalina, que sé que me quiso (que me llamaba cuando me escuchaba bajar las escaleras, siempre silbando, para darme una galleta: «Estás muy flaquito, chiquillo»), llevaba en su anular derecho dos anillos. Modestos, de oro bajo y diseño sencillo, uno ajustado, casi clavado en la carne, y el otro holgado, bailando en torno al dedo. Me llamaba mucho la atención aquella dualidad, y un día, mientras me comía la galleta, la curiosidad se impuso a mi timidez y le pregunté por qué llevaba esos dos anillos. La vieja Catalina los miró durante unos segundos, en su boca una sonrisa dolorida, y luego me respondió: «Son las alianzas de boda, la mía y la de mi Diego, que en gloria esté».
Luego me fui percatando de que otras mujeres (había muchas viudas en aquella infancia mía, siempre de luto y silencio), llevaban dos alianzas en su mano derecha a modo de recuerdo, de homenaje, de compromiso eterno. Esas joyas, quizás las únicas que tuvieron en su vida, eran un símbolo, expresaban la fidelidad que prometieron, el amor que juraron. A veces, cuando venían mal dadas, lo que no era infrecuente, aquellas mujeres, que administraban una exigua pensión rayana en la miseria, iban al Montepío y empeñaban alguna cosa para poder salir adelante. Pero nunca, bajo ningún concepto, pignoraban esas alianzas. Hubiera significado, supongo, la más alta traición, y aquellas mujeres, dignas y fuertes, eran incapaces de cometer traición. Estoy seguro de que muchas veces, muchas, se fueron a la cama sin comer pero con sus alianzas una junto a la otra, con su vínculo intacto, con su manera de entender la lealtad a salvo de todo mal.
Me he acordado de esto al saber que Corinna Larsen ha vendido en pública subasta las joyas que le regaló el rey Juan Carlos I durante el tiempo que duró su relación. Y me he dado cuenta de que hay veces, muchas veces, en que las joyas tienen un alto valor económico pero en realidad no valen nada, porque nada vale lo que tiene precio, lo que es subastable, lo que se vende al mejor postor sin ningún dolor porque nada te ata. Porque no hay vínculo, porque son pura mercancía, mero patrimonio, un activo al que sacar rentabilidad cuando las cosas ya no sean como eran o, simplemente, cuando resulte conveniente.
Marilyn Monroe (que acaba de cumplir, radiante, sus primeros cien años), canta cada día mejor, con mayor sensualidad, aquello de «los diamantes son los mejores amigos de una chica». La cantaba, la sigue cantando (porque nada se pierde mientras se recuerda, mientras está vivo en la memoria de la gente), en aquella película de 1953 (basada en la novela homónima de Anita Loos) titulada en español Los caballeros las prefieren rubias. Nada nuevo bajo el sol.
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