Opinión | Crónicas galantes
Triunfa el buen rollo hasta en el fútbol
Ya con la Liga en puertas, casi todos reconocen que el Mundial de fútbol ha sido el triunfo del buen rollo. Incluso el educado cachondeo de los campeones españoles con el emperador Donald Trump durante la entrega del trofeo fue una exhibición de humor y buenos modales.
No siempre ocurrió así, aunque los más jóvenes ya no lo recuerden. Hace cosa de cincuenta años, España era un lugar más bien rancio que presumía de sus defectos.
El civismo era entonces una excentricidad propia de los europeos, como si este país perteneciera a otro continente. Muchos españoles se enorgullecían de ser parte de un país en el que colarse en una fila o tirar papeles al suelo no era un rasgo tercermundista, sino un signo de distinguida rebeldía. España era diferente y todos nos envidiaban por ello. Lo decían hasta las proclamas del Ministerio de Turismo.
Vivíamos en la época del Seat 600 pagado en cómodas letras, que simbolizaba la España del pisito y el cochecito tan atinadamente llevada al cine por Marco Ferreri. Aún hoy queda gente que recuerda con nostalgia aquellos tiempos, en la disparatada creencia de que la vida de entonces era mejor que la de ahora.
Aquella España del palillo en la boca, el carajillo y el macho ibérico travestido de donjuán ha pasado felizmente a la historia. Ayudó no poco a ese cambio el ingreso en la Unión Europea que, por feliz contagio, le dio la vuelta al país como a un calcetín.
Gracias a la entrada en ese club vagamente socialdemócrata y liberal de países ricos, dejamos de ser aquel Estado de faria y mesón de carretera que tanto fascinaba a los hispanistas. Porque ellos no vivían aquí, claro está.
Con la incorporación a la UE creció a toda máquina la prosperidad del país; aunque más importante que eso fue la europeización de España. Lo cierto es que desde entonces ya no tiramos a los gatos en un saco para ahogarlos en el río, ni lanzamos piedras a los perros. Bien al contrario, cuidamos a los animales con el esmero que en su día nos asombraba en los ingleses.
Tampoco se admira, como era costumbre, a los desfasados émulos de Tenorio que iban por ahí practicando la grosería social del piropo o a los babosos de barra de discoteca que, faltos de oratoria, exhibían su mano larga con las señoras.
Incluso respetamos con escrúpulo los derechos del peatón en los pasos cebra, hábito que tanto sorprende a algunos de quienes llegan desde Ultramar, como si allá rigiesen todavía los modales de la España de hace medio siglo.
Todo este cambio radical en tan breve período de tiempo lo ha ejemplificado la joven selección española de fútbol a fuerza de exhibir talento y buenas maneras dentro y fuera del campo. Quién nos iba a decir que un deporte con aroma a linimento y sudor acabaría por representar a la España por fin europea. Bienvenido sea el buen rollo.
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