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Opinión

Un día de playa

Ayer, mi sombra y yo estuvimos en la playa de Viñó (Hío, Cangas) ante el intenso azul de la ría, frente a los testigos de su resplandor, Cíes, Monteferro, Canido y Vigo y a espaldas del verde pinar del espacio protegido. Cual playeras, al segundo de llegar desplegamos la toalla y nos tumbamos sobre la harina de la arena.

Y así, en la gloria bendita que estábamos, nos pusimos a pasmar nubes viajeras, perdidas en rayos de sol.

En esta situación de pasme nos hallamos cuando, sin saber por qué, tal vez por su emotividad, «volvieron» a mi mente, reconstruidas por el cerebro, imágenes y sensaciones pasadas que suponía olvidadas.

«Señoría, mire lo que hay aquí». Dos guardias civiles me abrieron una bolsa de plástico con un recién nacido descuartizado.

«Señora, como jueza de guardia, le doy mi sentido pésame». Y me miró con ojos aliviados de habérsele acabado la pesadilla Su hijo había sido encontrado muerto por sobredosis de heroína. Era el boom de la droga, no existía la metadona y los jóvenes caían clavados por cientos.

«¡Por fin hemos encontrado el cadáver!». El asesino de la joven camarera había escondido su cuerpo en una finca debajo de una neumática desinflada. Estaba descompuesto. Él pagó por su crimen, pero ella no pudo volver. «Llévame contigo para España». Me lo suplicó una niña que trabajaba en un basurero de Nicaragua. No lo hice. Me arrepentí por no haberlo intentado.

Las miradas que me miraron desde unos ojos secos y espantados, ya en un bus de Belgrado cuando la guerra de los Balcanes, ya la de aquel niño cuando fue rescatado de una patera en el Mediterráneo, ya la de una madre sola, sin apoyo y sin futuro para sus tres hijos; había huido de Libia y vivía hacinada con miles de personas en el campo de refugiados de Moría (Lesbos, Grecia).

Las nubes seguían moviéndose por el cielo y cada figura que formaban me traía a la memoria más horrores vividos.

¡Ya no podía más! Aquella especie de pesadilla no podía prolongarse por más tiempo y, además, me estaba amargando el día.

Para parar la cabeza y vaciarla , agarré a mi sombra del brazo y, a toda pastilla, corrimos al agua, nos chapuzamos, nadamos y buceamos hasta no poder más.

Sí, el remedio había funcionado, pero por prudencia no salimos del agua hasta que las inquietas nubes se borraron del cielo.

«¡Qué suerte la nuestra!», dijimos al alimón. «Hoy es día de playa, aprovechémoslo».

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