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Opinión | Crónicas galantes

Una quedada en Ceuta

Cincuenta mil jóvenes, mayormente marroquíes, organizaron el otro día una quedada multitudinaria en Ceuta, lugar temido por los reclutas en tiempos de la mili. Al día siguiente se marcharon 70.000, pero nadie ignora lo difícil que es cuadrar cuentas en estos casos de emergencia.

Entrevistados por las teles, los fugaces visitantes cuentan que llegaron a la ciudad atraídos por las redes sociales. Ya deberían saber a estas alturas los chavales que los bulos son el alimento básico de los TikTok y los Instagram; pero esto es lo que hay. Siempre quedará gente dispuesta a creer en la eficacia de los crecepelos.

Lo raro es que las decenas de miles de intrusos se fueron al día siguiente por razones tan misteriosas como las que los habían llevado a entrar a nado o por tierra. Nace ahí la sospecha de que alguien los mandó marchar en un sentido y luego en el otro.

Abona esta hipótesis el dato de que los movimientos teledirigidos de población no sean infrecuentes en el norte de África, tan próximo. El precedente más cercano es la irrupción en Ceuta de 8.000 visitantes no invitados en mayo de 2021.

Coincidió que un mes antes el Gobierno de este lado había acogido en un hospital de Logroño al líder del Frente Polisario, que lucha contra la anexión del antiguo Sáhara español a Marruecos. Muchos vieron una relación de causa a efecto entre esa decisión y la actitud pasota de los guardias marroquíes que dieron vía libre al desembalse de migrantes.

Algo parecido podría haber sucedido ahora, a mayor escala, con la última quedada multitudinaria de marroquíes en Ceuta. Hace apenas dos semanas, Pedro Sánchez viajó a Argelia, archienemigo geopolítico de Marruecos, para firmar un acuerdo de importación de gas y normalizar las deterioradas relaciones con el Gobierno argelino. Y luego pasó lo que pasó.

No hay por qué malpensar, naturalmente. Sánchez y sus ministros se han apresurado a aclarar que Marruecos no es un vecino incómodo, sino un socio y aliado fiable al que jamás se le ocurriría quedarse con nosotros mediante una quedada. No lo hicieron medio siglo atrás con la Marcha Verde que forzó a España a entregar el Sáhara; y aun si así fuese, nunca lo volverán a hacer.

Todo esto evoca cierto jocoso lance protagonizado en los años cuarenta por los falangistas que se manifestaban al grito de «Gibraltar español» ante la embajada del Reino Unido en España. El pronazi Ramón Serrano Suñer, a la sazón ministro de Exteriores, ofreció al embajador Samuel Hoare más fuerza pública para garantizar su seguridad. «No me mande más policías; mándeme menos manifestantes», le contestó Hoare con retranca típicamente británica.

Quizá no estaría de más recurrir al humor inglés en los tratos con nuestro vecino y leal aliado del sur. Es que todo lo demás ha fracasado hasta ahora.

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