Opinión

Sacerdote y periodista
Testigos del Cristo

Procesión del Cristo de la Victoria de Vigo / Marta G. Brea
Esta tarde, en concurrida riada, el Cristo va a acompañarnos en el paseo procesional que se celebra cada año por las principales calles de nuestra ciudad. Porque no le acompañamos nosotros. Es Él quien sale a vernos, a contemplar y bendecir nuestras faenas en el puerto, las del comercio y las de todo el bullicio que generan las vidas de quienes nos decimos cristianos y las de quienes, sin serlo, caminan hombro con hombro junto a sus contemporáneos para construir un mundo mejor. ¡Bendice copiosamente a tu paso, Santísimo Cristo, los trabajos, las ilusiones y los proyectos personales e institucionales de todos los vigueses!
Te confieso, amigo lector, que cuando camino cada año en entretenida procesión, buscando con la mirada a los amigos que han venido y echando en falta a «los que ya se han ido a vivir con el Cristo», siempre se me ocurre preguntarme en silencio. Pero esta vez me interrogo también en voz alta: entre toda esta abigarrada multitud de devotos y no tanto, «¿cuántos todavía no se han enterado de que esto de ser cristiano consiste nada más que en ser testigos del Cristo?».
El mensaje está recogido en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Jesús dice claramente a sus discípulos, es decir, a quienes vayan a hacerse cristianos: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo para ser mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra». ¡Y qué entrañable me resulta a mí leer esto de hasta los «con-finisterrae»!
Pues resulta que ahora, como entonces y como siempre, los cristianos tenemos que ser testigos de Cristo en cada época. El arzobispo de Santiago, en una reciente y muy profunda homilía, describía quiénes y cómo han de ser hoy esos testigos:
«Hombres y mujeres capaces de buscar la verdad y de vivir conforme a su conciencia; cristianos que no pretendan imponer su fe, pero que tampoco tengan miedo de ofrecerla y testimoniarla públicamente».
Y destacaba que, durante su reciente viaje a España, el papa León XIV recordó el valor de la libertad de pensamiento, religiosa y de conciencia:
«Son bienes que debemos proteger para todos. Una sociedad verdaderamente libre y plural no puede temer la presencia pública de la fe. El creyente está llamado a participar en la construcción del bien común desde sus convicciones, respetando las de los demás y ofreciendo las propias con libertad y humildad. La Iglesia no busca imponer. Quiere proponer, dialogar, servir y dar testimonio».
Uno de los modos principales del testimonio cristiano ahora mismo, subrayaba, es la defensa de la dignidad humana:
«La dignidad humana no se concede; se reconoce. La posee el niño que comienza a vivir y el anciano que siente disminuir sus fuerzas. La posee el enfermo y la persona con discapacidad. La posee quien vive en pobreza o soledad. La posee quien llega desde lejos buscando un futuro. La posee quien no puede defenderse por sí mismo. La posee también —proseguía el arzobispo compostelano— quien piensa de manera diferente a nosotros. Toda persona es una historia sagrada ante Dios: una persona puede haber perdido casi todo, pero nunca pierde su dignidad. Por eso, una sociedad se mide también por el modo en que trata a los más vulnerables. El cristiano no puede mirar al ser humano como un número, como un problema, como una carga o simplemente como alguien útil o inútil. El otro es siempre un hermano».
Por todo eso, esta tarde, en la procesión del Santísimo Cristo de Vigo, voy a pedirle esta victoria para todos los que lo acompañaremos físicamente o con el deseo en su visita pública anual a la ciudad: que sepamos ser sus testigos; es decir, defensores de la dignidad de cualquier persona en cualquier circunstancia, ya que somos todos hijos del mismo Padre y, en consecuencia, hermanos en Cristo. Tal resulta ser el indeclinable fundamento de nuestra dignidad personal.
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