Opinión | Crónicas galantes
Turno de peticiones al Apóstol
Casi tan demandado como la Virgen de Fátima, el Apóstol Santiago recibió el otro día las habituales peticiones que se le hacen en la catedral con motivo de su onomástica. Aunque se trate de una ofrenda en nombre del rey, la costumbre no es ofrecerle regalos, sino pedirle prodigios y cosas más o menos peregrinas. Él todo lo aguanta con paciencia de santo.
El encargo le tocó esta vez al presidente del Parlamento gallego, quien solicitó al Hijo del Trueno el milagro de acabar con la corrupción en España. El resto fueron peticiones menores sobre financiación autonómica y asuntos así, que bien podrían suscitar la perplejidad o el aburrimiento del Patrón. Pero qué va. Acostumbrado a que lleven sus huesos de allá para acá y a que le pidan de todo, el Apóstol ya ni mueve una pestaña.
La ofrenda, que viene de siglos, es en realidad un acto de lo más inclusivo en el que participan por igual –si bien por turnos de gobierno– la derecha y la izquierda.
El discurso, en formato de carta a los Reyes Magos, lo pronuncian a menudo presidentes de la Xunta y/o del Parlamento. Si el otro día fue un político conservador el protagonista, años atrás le correspondió el papel a una presidenta socialdemócrata de la Cámara. Cada uno arrima los argumentos a su partido, como es lógico; y el Apóstol, al que se supone imparcialidad, se limita a escucharlos impávido.
«El Apóstol inmigrante los escucha a todos sin decir palabra; y seguramente son muchos los que interpretan su silencio como aquiescencia a lo que se le pide»
No solo se trata de política, claro está. Durante el resto del año le caen al pobre Apóstol las peticiones de gremios industriales, comerciales y de todo tipo que acuden en peregrinación a Compostela para preguntarle qué hay de lo suyo.
La lista, casi interminable, incluye a banqueros, jefes de la patronal, empresarios y hasta presidentes de clubes de fútbol dispuestos a ejercer tráfico de influencias en las alturas apostólicas.
Parecería más normal que los empresarios acudiesen al banco para solucionar sus problemas de liquidez, pero cuando estalló hace años la burbuja inmobiliaria no dudaron en volver la vista hacia el otro Patrón. Al pasar la crisis recuperaron la perdida fe en la banca, todo hay que decirlo.
Los ateos irredentos objetarán tal vez que la solución de los problemas económicos y políticos corresponde a los gobernantes o, si acaso, al Congreso; del mismo modo que es la patronal la que ha de ocuparse de las empresas. En esto se conoce que por aquí somos más dados a confiar en los portentos sobrenaturales.
Flemático como buen gallego de Haifa, el Apóstol inmigrante los escucha a todos sin decir palabra; y seguramente son muchos los que interpretan su silencio como aquiescencia a lo que se le pide.
Hablarle a una imagen inmóvil le parecerá sin duda una extravagancia a los luteranos; pero hasta en eso se conoce que son unos herejes. Por aquí lo encontramos de lo más natural.
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