Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Javier Zorrilla Riveiro

Vigo

No llevan capa: llevan bata blanca o pijama quirúrjico

Hace pocos días finalicé mi tratamiento de radioterapia y quimioterapia. Como cualquier paciente que afronta un proceso oncológico, llegué al hospital algo abrumado, con incertidumbre, temor y muchas preguntas que no quería preguntar. Sin embargo, desde el primer día encontré algo que va mucho más allá de la excelencia profesional: encontré una isla de humanidad.

Mi agradecimiento va dirigido, en primer lugar, al personal técnico de radioterapia, que cada día me recibió con una sonrisa, amabilidad, cariño y una empatía que hicieron mucho más llevadero un proceso nada fácil. Su cercanía y delicadeza son un ejemplo de cómo la tecnología más avanzada alcanza su verdadero valor cuando está en manos de personas que saben cuidar. Quiero extender también ese reconocimiento a los jóvenes y discretos físicos hospitalarios que, desde el anonimato y con extraordinaria precisión, calculan y supervisan cada tratamiento y el correcto funcionamiento de los aceleradores. Aunque su labor permanezca casi siempre en la sombra, resulta imprescindible para garantizar la seguridad y la eficacia de la radioterapia.

Quiero agradecer también a las enfermeras y enfermeros que me atendieron durante las curas. A su extraordinaria preparación técnica suman una inmensa calidad humana. Nunca faltó una palabra de ánimo, un gesto de afecto o una atención que transmitiera confianza y serenidad.

Y deseo expresar un reconocimiento muy especial a la doctora María del Mar Sevillano. Su profesionalidad es incuestionable, su capacidad para transmitir paz, tranquilidad y optimismo, siempre acompañados de una sonrisa sincera que, en los momentos difíciles, tiene un valor incalculable.

El último día, tras la última cura, sentí una mezcla de alegría por haber llegado al final del tratamiento y de emoción al despedirme de quienes me habían acompañado durante todo el camino. En ese momento acudió a mi memoria el estribillo de una de las últimas canciones de Pau Donés, Eso que tú me das: «Eso que tú me das es mucho más de lo que pido». No encontré palabras mejores para expresar mi agradecimiento.

Al abandonar el hospital pensé que uno de los mayores tesoros de nuestra sociedad no son solo los avances científicos o la tecnología, sino las personas que ponen su conocimiento y su corazón al servicio de los demás. Ojalá sepamos preservar esa sanidad pública de excelencia para que las generaciones que vienen detrás —mis hijos, mis nietos y los hijos y nietos de todos— puedan sentirse tan bien atendidos y acompañados como yo me he sentido. Sería una de las mejores herencias que podríamos dejarles.

Gracias, de corazón, a todos ellos.

Tracking Pixel Contents