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Opinión | Crónicas galantes

La guerra de los incendios

Abren fuego en estos días los incendios del verano, si bien en campos de batalla poco habituales como la sierra de Madrid. Lo normal era que comenzasen por Galicia, tierra abundante en floresta y, por tanto, en combustible; pero ya se ve que el calentamiento global lo está alterando todo. Y ya nadie está a salvo.

Esto es la guerra, en cualquier caso. No se trata tan solo de que las operaciones las dirija una unidad del Ejército profusa en batallones como la UME. Es que se trata de un suceso bélico en toda regla.

Hay puestos de mando en vanguardia que por veces han de retroceder ante el empuje del candente enemigo, como acaba de ocurrir en el frente de Madrid. Al calor de las altas temperaturas y los vientos, el fuego avanza en ofensivas que se unen en tenaza sobre las poblaciones. Todo ello produce refugiados y daños a la población civil, como en las guerras convencionales.

La estrategia de un ejército consiste en aprovechar las circunstancias del terreno, según aconsejaba el maestro Sun Tzu en su Arte de la Guerra. En el caso del fuego hay que añadir las condiciones ambientales. Cuando coinciden temperaturas de más de 30 grados con niveles de humedad por debajo del 30% y vientos superiores a los 30 kilómetros por hora, los incendios están casi asegurados.

Contra el ataque del fuego se responde, como es lógico, con el mismo método militar. Ya no es noticia en la veterana Galicia, donde a los incendios se les combate desde hace decenios por tierra, aire y hasta por el mar del que se extraen las bombas de agua. Cuadrillas aerotransportadas de bomberos, helicópteros e hidroaviones son el núcleo del arsenal disponible.

Las guerras, como las bicicletas, son para el verano; y no solo las que afligen a los bosques del país. También las batallas de toda la vida comienzan a menudo cuando el calor pone de los nervios a la gente y, sobre todo, a los gobernantes encargados de evitarlas. No ha de ser casualidad que la I Guerra Mundial, la Toma de la Bastilla o la Guerra Civil española comenzasen en un mes de julio como el que ahora agoniza.

Por lo que toca al fuego, que tantas desdichas está trayendo en los umbrales de agosto, solo la lluvia es arma radical para frenar el avance incontrolado de las llamas. El General Lluvia ha demostrado su eficacia para derrotar al fuego, del mismo modo que el General Invierno frenó imparcialmente en Rusia la ofensiva de los ejércitos de Napoleón y, después, los de Hitler.

Quiere la mala fortuna que el fuego, tenaz enemigo, se haya rearmado gracias a las sucesivas olas de calor que trajo consigo el cambio en los hábitos del clima. Bien lo saben, por desventura, los vecinos de la sierra madrileña y los de Ávila, desplazados y confinados por miles. La profesionalidad de los ejércitos de militares y bomberos ha impedido de momento que la tragedia sea mayor. Y aún no ha comenzado el temible agosto.

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