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Opinión

Para quienes aman las palabras

Exaltaba el poeta Pedro Salinas «los prodigios que para el hombre guarda el conocimiento hondo, sel cultivo delicado de su lengua». Comparaba a esta con un estanque en cuyo fondo se encuentra un misterioso tesoro. Los que aman las palabras son los que se adentran en la hondura del lago, como buscadores de perlas, como rastreadores de los secretos del lenguaje.

Solo un encendido y delicado amor a las palabras puede explicar un libro como el que han escrito Soledad Puértolas y Elena Cianca. Alma, nostalgia, armonía y otros relatos sobre las palabras es su título, y sus páginas constituyen una devota biografía, el itinerario lexicográfico desde su primer registro en el Diccionario de Autoridades (1726-1739) de aquellas palabras que las autoras han elegido para ilustrar la evolución de sus significados y matices por obra del uso de hablantes, escritores, científicos, juristas, filósofos; todos ellos fueron moldeando los contornos de cada palabra. Como espeleólogas de la intrahistoria de la lengua, han descendido a sus profundidades para seguir su lento devenir en los diccionarios y su uso en textos literarios.

La obra consta de dos partes. La primera de ellas es debida a Puértolas. Para seleccionar las palabras sobre las que quiere disertar, parte de una concreta —personaje—, y a partir de ahí va hilando una procesión de palabras, cada una de ellas sugeridas por la precedente: persona, salud, enfermedad, humanidad, equilibrio, armonía, etc. De cada una de ellas va identificando las aristas que la corriente de la historia ha ido modelando, y de ese modo esboza una breve travesía histórico-literaria de amena y placentera erudición. La constatación de esta incesante adaptación de la lengua española a las necesidades de cada momento dando vida a nuevas palabras y ajustando nuevos giros y matices, demuestra la capacidad del lenguaje para «expresar los anhelos de belleza que anidan en los corazones humanos» (Puértolas).

La segunda parte del libro contiene una nutrida y docta serie de notas a cargo de Elena Cianca, filóloga vinculada a la Real Academia de la Lengua como coordinadora del Diccionario de la lengua española y codirectora lexicográfica del Diccionario Panhispánico del español jurídico. Su trabajo enriquece y complementa el contenido de la primera parte con anotaciones y comentarios adicionales que, según dice su autora, unas veces muestran el recorrido lexicográfco de una palabra, y otras, incorporan citas literarias que contextualizan el uso de la voz ya sea en un autor determinado, en una época o a lo largo del tiempo.

«Solo un encendido y delicado amor a las palabras puede explicar un libro como el que han escrito Soledad Puértolas y Elena Cianca: 'Alma, nostalgia, armonía y otros relatos sobre las palabras'»

Extraigo para el lector una muestra mínima de palabras de que se ocupa el libro. Por ejemplo, la palabra alma. De las siete acepciones que recogía el Diccionario de Autoridades, se ha pasado a las dieciséis que aparecen en el actual diccionario de la Academia, junto a una larga serie de locuciones construidas con dicha palabra. En el primer diccionario citado, la segunda acepción es de carácter religioso y se identifica con conciencia y temor de Dios. Este sentido desaparecerá del actual diccionario de la RAE que contiene muchas más, y otras diferentes acepciones ajenas a lo espiritual. La autora selecciona algunos escritores para ir marcando las diferentes acepciones que a lo largo de nuestra literatura se han plasmado en los textos literarios. De esa manera, Puértolas nos recuerda que Calderón de la Barca utiliza el término alma en el sentido religioso, como patrimonio divino (El Alcalde de Zalamea), mientras que Jorge Manrique, en sus Coplas, lo identifica con la parte inmaterial del ser humano; igual ocurre con Cervantes. Para Unamuno, cuerpo y alma son categorías que se dan juntas y se funden en el concepto de ser humano (Niebla). Baroja, en La busca, usa la palabra para referirse al reducto más íntimo de las personas. Lo mismo hace Ana María Matute en Primera memoria.

Otro ejemplo: nostalgia. Esta palabra no aparece inicialmente en el Diccionario de Autoridades; lo hace en la edición de 1869. Y ello a pesar de que este vocablo data de 1688, creado por el joven médico Johanes Hofer para dar nombre, en su tesis doctoral, a la enfermedad que afectaba a los mercenarios suizos llevados a trabajar al sur de Francia, a los que la lejanía del hogar y el vivo deseo de regresar les hacía caer en una profunda tristeza; forma así la palabra nostalgia con los términos griegos «nóstos» (regreso) y el sufijo de uso frecuente en la terminología médica «algia» (de «álgos», dolor). Esta enfermedad era también conocida como «mal du pays» o «mal de la tierra» (¡nuestra morriña!), también denominado «mal du Suisse». La añoranza de su tierra les llevaba a padecer mareos, fiebre, dolor de estómago. Rousseau cuenta que los mercenarios suizos tenían prohibido entonar canciones de su tierra para no desatar entre ellos la enfermedad de la nostalgia.

Por su relación con la idea de nostalgia, se pasa a melancolía, para proseguir luego con una sucesión de palabras —misterio, identidad, causalidad, casualidad, normas, normalidad, etc.—, acerca de cuyo linaje y reconocimiento literario nos van instruyendo ambas autoras, desde perspectivas diversas que se complementan.

En fin, se trata de un libro de concepción y hechura originales; diríase que no es libro para esta vida nuestra de días agitados, de apremios y urgencias, sino para una lectura despaciosa, lectura de sofá, pausada, sin prisa, pero, ojo, apto solo para quienes aman las palabras.

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