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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

La Roja

La playa de Arealonga en Chapela, con la bandera roja izada.

La playa de Arealonga en Chapela, con la bandera roja izada. / ANTONIO PINACHO

No, este artículo no va de la Selección. De gestas futbolísticas ya opinan otros con mucho más criterio, aunque hayan quedado por debajo en la porra del Mundial —sin acritud, ¿eh?—. A mí me quitan mucho más el sueño otras rojas, esas que todos los veranos se izan en los arenales gallegos, por desgracia cada vez con más frecuencia, y que ponen en entredicho dos axiomas que todo el mundo da por supuestos: que la calidad de las aguas gallegas es excelente y que el sistema de saneamiento de las rías funciona. Bueno, pues a la vista está que hay mucho margen de mejora.

Santa Marta, A Ladeira, Arealonga, Rodeira… Las banderas rojas ondean de norte a sur de la ría de Vigo por vertidos cuyo origen rara vez llega a esclarecerse. Se prohíbe el baño, se encarga a la empresa concesionaria del saneamiento y al personal municipal que investiguen la procedencia de la contaminación —el 99% de las veces, por bacterias fecales— y poco más. Esperar a que se renueven las aguas, levantar la prohibición y cruzar los dedos para que no vuelva a pasar. Aunque todos sabemos que sí, que volverá a ocurrir. Porque, lamentablemente, los sistemas de saneamiento dejan mucho que desear.

En Baiona tenemos muy recientes las banderas rojas de Santa Marta y A Ladeira durante esta segunda quincena de julio. Los dos mayores arenales del primer municipio gallego que obtuvo la distinción de Excelencia Turística —la ostenta desde 1999—, vacíos por un vertido de aguas fecales.

¿El origen? Desconocido.

Pero los baioneses, y también los turistas que repiten año tras año, saben que el pozo de bombeo de aguas residuales de Santa Marta no da más de sí; que, llegado el verano, cuando la población se triplica, hay que taparse la nariz al pasar por allí; y que los episodios de contaminación microbiológica —por Escherichia coli y enterococos— empiezan a ser demasiado habituales.

«Papá, ¿no vamos a la playa?» —me preguntó el pasado domingo mi hija, de siete años.

«No se puede. Hay bandera roja».

«¿Y eso qué es?».

«Pues que el agua está contaminada y no nos podemos bañar».

«¿Qué? ¿Cómo puede ser?».

Exacto. ¿Cómo puede ser?

Creo que tenemos un problema que irá a más y que exige tomárselo en serio. Las investigaciones sobre el origen de los vertidos no deberían recaer únicamente en las concesionarias y en personal de los propios ayuntamientos. No porque hagan mal su trabajo, sino porque seguramente carecen de los medios técnicos y humanos suficientes para identificar el problema y atajarlo de raíz.

Hace falta una investigación especializada, coordinada y con capacidad para determinar de dónde salen los vertidos, quién es responsable y qué obras son necesarias para impedir que se repitan. Porque cerrar una playa durante unos días y esperar a que la marea se lleve el problema mar adentro no es solucionarlo. Es, como mucho, esconderlo debajo del agua.

En el Mundial, una roja deja a un equipo con diez y puede mandarlo para casa. En nuestras playas, deja a miles de vecinos y turistas mirando el mar desde la arena. Y aquí no hay VAR que valga, ni prórroga, ni tanda de penaltis (al final un poco fubtolero sí que me salió el artículo): o se refuerza el saneamiento y se investigan de verdad los vertidos, o esta Roja nos va a eliminar todos los veranos. Sin acritud, ¿eh?

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