Opinión | Crónicas galantes
Los virreyes son ahora otros
Finalizado por fin el Mundial y sus torpes pasiones, no extrañará que los noruegos —un suponer— hayan despertado aquí más simpatías que algunas selecciones teóricamente más próximas en el afecto. Estas cosas pasan en las mejores familias.
Los compatriotas de Erling Haaland han salido del campeonato tras un brillante ejercicio en el que eliminaron incluso al pentacampeón Brasil. Pero eso es lo de menos.
Importa más el comportamiento cívico y bienhumorado de los noruegos, que se tomaron el torneo con humor y sin estridencias, entendiendo que era solo fútbol. Cero dramas, cero exaltaciones. Europa, en fin.
Decía George Bernard Shaw que Inglaterra y Estados Unidos son dos países separados por la misma lengua. Otro tanto podría decirse, a la inversa, de España y las repúblicas de Ultramar. Están unidas por el idioma y los flujos migratorios a los dos lados del océano, pero acaso no tanto por las costumbres. Los españoles, eso sí, siguen guardando un especial aprecio a todas ellas, que a menudo nos echaron una mano.
Lo que no ayuda es la circunstancia de que algunos de los últimos gobernantes de Latinoamérica lleven años dando la turra con los desastres de la conquista, que los hubo, como en cualquier otra.
Ofuscados con lo que sucedió para mal y para bien hace cinco siglos, se diría que olvidan el presente. Ya no son los virreyes españoles, sino los de otro imperio, quienes deciden sobre vidas y haciendas en las naciones de origen hispano.
«Menos rencorosos, los españoles ya han perdonado a los ancestros de Haaland las invasiones vikingas de la Península hace un porrón de siglos»
Ha venido a recordárnoslo un detallado análisis publicado esos días de ahí atrás por The New York Times, en el que se reputa de virrey de Venezuela al ministro de Exteriores de los Estados Unidos, Marco Rubio.
No es solo que Rubio supervise hasta los tuits de la presidenta Delcy Rodríguez o intervenga en el nombramiento de sus ministros. Argumentan, además, los autores del artículo que los ingresos de las exportaciones venezolanas pasan al Tesoro de los USA, que después transfiere una parte al régimen chavista. Y le dice en que puede gastarse la paga.
Nada de ello impide que todos los males de Venezuela y de otras naciones de ese continente los atribuyan sus gobernantes a España, carente ya de virreyes. Eso ha creado un mal rollo que ni los de acá ni los de allá nos merecemos.
Menos rencorosos, los españoles ya han perdonado a los ancestros de Haaland las invasiones vikingas de la Península hace un porrón de siglos. Tampoco les piden daños y perjuicios a los herederos de aquellos romanos que se llevaron oro y plata por toneladas, trigo, lampreas y —lo que es más imperdonable— el vino.
Algo, o más bien mucho dejaron a cambio como para que dos mil años después nadie se pregunte aquí en serio qué es lo que han hecho por nosotros los romanos. Pero hay otros enconos que duran una eternidad.
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