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Opinión | El correo americano

El último cínico

Lindsey Graham, defensor acérrimo y asesor influyente de Trump

El republicano Lindsey Graham, que murió el pasado fin de semana, era un político veterano que llevaba más de tres décadas en el Congreso. Muchos lo asociaban con el establishment, pero pronto se adaptó al nuevo movimiento populista. Era muy amigo de John McCain, quien ejerció de mentor del joven Graham cuando este comenzó su carrera como congresista a finales de los años 90. El senador también era elogiado por su pragmatismo, su incansable dedicación y su sentido del humor. De Trump dijo cosas terribles en su momento. Pero eso no resulta extraño, pues sucede lo mismo con gran parte de los miembros de esta Administración. Trump, según Graham, recurría a la xenofobia para ganar votos. En multitud de entrevistas insistió en que ese tipo de candidatos no podían representar a su partido ni a los valores de su país. La campaña del magnate se basaba en el miedo y en los prejuicios. Trump, además, había denigrado públicamente a su amigo, su adorado McCain.

Ya sabemos cómo acaba esta historia. Graham se transformó en uno de los seguidores más entusiastas del presidente. A pesar de todo lo dicho. A pesar de todo lo que había peleado para apartarlo de su formación política. Cuando unos vándalos, impulsados por el bulo del fraude electoral que había difundido Trump, asaltaron el Capitolio el 6 de enero de 2021, Graham, haciendo visible su hastío, afirmó que ya había tenido suficiente. Que hasta ahí había llegado su alianza. El presidente, tras el fallecimiento de Graham, dijo que debido a eso (a cuando el senador se planteó dejar de apoyarle) no podía darle un 100 de nota al muerto. Pero Graham, después de que la turba trumpista quisiera tomarse la justicia por su mano, continuó al lado del líder republicano, incluso de una manera más intensa y estridente, especialmente cuando se trataba de apoyar al estado de Israel o de implementar una política más agresiva con Irán. En sus últimos años de vida, el senador fue uno de los grandes aliados del presidente, su defensor acérrimo, su asesor influyente, uno de sus hombres de confianza.

Su caso, como decíamos, no es aislado. El vicepresidente y el secretario de Guerra realizaron viajes similares. Aunque lo de Graham es, quizás, todavía más impactante. Porque Graham era un profesional de la política, parte de la fauna del pantano, un representante con experiencia que claudicó como nadie ante la ola populista que arrasó con su partido. Su destreza era la supervivencia, mantenerse en el poder a toda costa, tragar con lo que había que tragar para aprobar un par de leyes y reorientar la política exterior del nuevo líder republicano. Pocos personifican ese comportamiento camaleónico tan claramente como Graham. Lo cual no quiere decir que no fuera extraordinario en lo suyo (de ahí que permaneciera tanto tiempo en la política activa). Es que precisamente ser extraordinario en lo suyo, para desgracia de los representados, significa eso: adaptarse a cualquier corriente ideológica, por muy disparatada y destructiva que sea, a costa de traicionar los antiguos ideales, cabalgar contradicciones a base de palabras que se las lleva el viento y reducir la política a una negociación empresarial, a un intercambio de cromos. Hace poco, un excompañero suyo demócrata decía que, un día, Graham le aconsejó realizar dos actos de recaudación de fondos en Puerto Rico, uno para los que estaban a favor de la estatidad y otro para los que se oponían, ya que estos grupos nunca se hablaban entre ellos. La anécdota supuestamente ilustra su sentido del humor negro y su pragmatismo, pero también dice mucho del cinismo con el que abordaba la política un hombre que llevaba demasiados años en el poder (en el Congreso no hay límite de mandatos).

El legado de Graham no solo afecta a Graham. Es el legado de este Partido Republicano. Un Partido Republicano que, ante los ojos de todos, fue vendiendo sus principios por una única razón: seguir ganando elecciones. No se vio una transformación semejante desde los tiempos de los derechos civiles en los sesenta. A cambio consiguieron atraer a una parte de la clase trabajadora (como a los blancos del sur en los sesenta). Pero ese no era el motivo por el que Graham abrazó el trumpismo. Sus votantes, que eran los suyos también, demandaban otras formas, otro lenguaje, otras ideas extremistas. Y, en vez de hacer honor a la máxima de un conservador ilustrado como Edmund Burke, que creía que un representante no debía sacrificar su juicio por ningún grupo, ni siquiera por aquellos que lo votaron, Graham, como tantos otros políticos y líderes de opinión, se dejó llevar por las masas enfurecidas que parecían ser dueños de su destino laboral. Para seguir ahí, siendo relevante. Para que, al final, el hombre a quien apoyó incondicionalmente, poco después de su fallecimiento, fuera incapaz de olvidar ese momento en que Graham dudó de él. Quizás la historia lo juzgue con más severidad que todos esos que ahora en Fox News le agradecen los servicios prestados. Si es así, es que vinieron tiempos mejores.

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