Opinión | Editorial
El gran salto pendiente en innovación

Galicia tiene talento y capacidad; el reto es convertirlos en innovación real. / Eli RG / IA
Innovación, como digitalización, es uno de esos términos que, a fuerza de utilizarse más que de aplicarse, corre el riesgo de perder su significado. En el afán por aparentar vanguardia, se coloca la etiqueta de innovadora a cualquier actuación, plan o programa, aunque no reúna los requisitos mínimos para merecerla. Si fuese cierto todo lo que se presenta como innovación, Galicia debería encontrarse entre los territorios más avanzados del mundo. Desgraciadamente, no es así.
Galicia no puede entender la innovación como una palabra fetiche para discursos ni como una promesa etérea. Innovar va mucho más allá de comprar tecnología, digitalizar un trámite o subirse a la moda de turno. Es decidir qué lugar queremos ocupar en la economía que viene. Y esa decisión exige método, inversión, talento y una alianza mucho más ambiciosa e íntima entre empresas, universidades, centros tecnológicos y administraciones.
Capacidad demostrada, pero falta escala
No estamos ante un problema de falta de capacidad. Galicia ha demostrado que sabe transformar sectores tradicionales cuando marida oficio, mercado, conocimiento y ambición. Tenemos ejemplos en sectores capitales como el mar, la automoción, la alimentación, el textil, el naval, la biotecnología, la energía, las tecnologías digitales, la defensa o el sector aeroespacial. No hay motivos para los complejos. Contamos con empresas competitivas y sectores capaces de ganar en mercados exigentes. Los hechos así lo demuestran.
Pero hace falta algo más que talento individual. Se necesita escala, una estrategia sostenida y voluntad de trasladar el conocimiento a la economía. Todavía hay demasiadas pymes que innovan por su cuenta, lo hacen mal, con recursos limitados y sin una relación con centros tecnológicos o equipos de investigación. Allí donde una empresa no dispone de tamaño suficiente, debe hallarlo en la forma de alianzas, consorcios, laboratorios compartidos y proyectos tractores. La tecnología per se no garantiza la innovación. Muchas empresas pequeñas cuentan con la inteligencia artificial, pero ignoran cómo exprimir sus capacidades. Tener no es saber.
El papel de la Xunta y las administraciones
La Xunta está jugando un papel notable que debe ir a más. Dispone de planificación, instrumentos de apoyo y recursos públicos relevantes. Ese esfuerzo debe reconocerse, pero también someterse a una mayor exigencia. No es suficiente con aprobar estrategias, publicar convocatorias o enumerar beneficiarios. La política de innovación debe demostrar cuántos proyectos llegan al mercado, cuántas empresas ganan tamaño, cuánto empleo cualificado se crea y cuánto talento permanece o regresa a Galicia.
La Administración autonómica, y por supuesto también la estatal, debe garantizar financiación estable, reducir una burocracia que con frecuencia desalienta a las empresas y coordinar mejor los instrumentos existentes. Debe acompañar los proyectos desde la investigación embrionaria hasta la industrialización y la llegada al mercado. Demasiadas iniciativas quedan atrapadas en el espacio que separa una buena idea de una actividad económica viable.
Las ayudas son imprescindibles, pero no deberían constituir el corazón de la estrategia. Lo lógico es que se integren en una política sostenida, coordinada y evaluable. Como el dinero público es de todos, debe administrarse con rigor y medirse por sus resultados: patentes explotadas, nuevos productos, productividad, empresas que crecen y empleo estable. No solo se trata de contar cuántas ayudas se están concediendo, sino de saber para qué han servido.
El déficit de mentalidad empresarial
Pero, como decimos, la responsabilidad no corresponde únicamente a la Xunta. El déficit empresarial gallego no es solo de financiación o de tamaño. También de mentalidad. Parte del tejido productivo sigue considerando la innovación un gasto accesorio, una compra de maquinaria o una oportunidad ligada a una subvención. Confunde modernizar una herramienta con una transformación real. La innovación supone incorporar nuevas formas de trabajar, pero también desaprender, deshacerse de lastres que con frecuencia se traducen en frases como «aquí siempre se hizo así y no nos va mal». El éxito de hoy no garantiza el de mañana. Por desgracia, en Galicia sobran ejemplos que confirman esta máxima.
Innovar exige asumir riesgos, experimentar, incorporar científicos y tecnólogos a la toma de decisiones y aceptar la posibilidad del fracaso. También obliga a colaborar con universidades, centros tecnológicos, empresas emergentes e incluso competidores. Ningún incentivo público puede transformar por sí solo a una empresa que no haya decidido cambiar su cultura.
La innovación tampoco se agota en la I+D ni exige que cada pyme cree su propio laboratorio. Para muchas empresas puede significar automatizar procesos, introducir materiales, mejorar la logística, rediseñar productos, formar a sus trabajadores o abrir mercados. Debe tejerse una red que les permita acercar esas capacidades a quienes no tengan pulmón para generarlas individualmente.
Galicia posee una formidable cantera de conocimiento. Sus universidades y centros de investigación forman profesionales capaces de competir en los entornos tecnológicos más exigentes. En España y fuera. En este sentido, la Universidad de Vigo constituye uno de los mayores activos de este ecosistema. Sus escuelas de ingeniería industrial, telecomunicación y aeronáutica, junto con sus titulaciones y grupos de investigación, aportan perfiles extraordinarios en automoción, electrónica, biomedicina, ciberseguridad, energía o sistemas aeroespaciales.
El problema no es que Galicia carezca de tecnólogos, científicos o ingenieros. La cuestión es que su tejido productivo no siempre dispone del tamaño, los salarios, los proyectos y los incentivos para absorberlos. Formamos gran talento con recursos públicos para que, demasiadas veces, desarrolle fuera todo su potencial. La siembra se da en Galicia, la cosecha se recoge lejos. Para ello, es necesario otorgarles un mayor reconocimiento, que se prestigie su labor, social y económicamente.
Movilidad y retorno del talento
Que los jóvenes estudien o trabajen durante un tiempo fuera no es un fracaso. La movilidad puede enriquecerlos. El fracaso se produce cuando nuestra economía no les ofrece proyectos atractivos para regresar. No se trata de vetar su salida, sino de conseguir que regresen. Para ello, la relación entre universidades, centros tecnológicos y empresas debe ser más intensa y efectiva. No son dos mundos aparte, sino las dos caras de una misma moneda.
Galicia, en definitiva, atesora talento, sectores con músculo y capacidad empresarial. Pero necesita convertir los impulsos individuales en una cultura compartida, en una gran política de país. La Xunta debe impulsar y auditar su estrategia de financiar, coordinar, simplificar y evaluar. Las empresas deben invertir, colaborar, asumir riesgos y cambiar de mentalidad (el factor humano es determinante). Las universidades y los centros tecnológicos deben investigar, formar y transferir. Y el conjunto del sistema debe ofrecer oportunidades para retener y recuperar talento. Para generar riqueza. Para modernizar nuestro modelo productivo.
En la economía del conocimiento, quien no invierte hoy compra dependencia mañana. Galicia dispone de capacidades sobradas para dar el salto, pero debe hacerlo sin temores, sin complejos y sin demoras. Porque el futuro no se espera: se financia, se investiga y se construye. El gran salto todavía está pendiente.
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