Opinión
Esperar diez minutos
Esperábamos nuestro turno en el dentista, ya con diez minutos de retraso, cuando mi hija lanzó una sugerencia a la atmósfera: «¿Por qué no nos vamos?». La miré con los ojos alargados. Esa intolerancia a los retrasos ajenos me resultó dignísima. «Sí, larguémonos», habría dicho con gusto, y más si no hubiese sido mi hija, pero estábamos allí porque no acaba de caérsele una muela bajo la cual crece ya otra. «Verás…», empecé a decir, y me paré, porque iba a citar —sin venir mucho a cuento— lo de las crisis de Gramsci, y eso de que consisten «en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer», y que «en este interregno aparecen una gran variedad de síntomas mórbidos». Helena se encuentra en una fase en la que no deja pasar una sola palabra desconocida sin preguntar qué significa, y el uso de «interregno», confieso, me asustó un poco. En lugar de hablarle de Gramsci dije algo mucho más lamentable: «Tengamos paciencia». Sentí esa frase como una traición.
Ser puntual es detestable. Creo que es uno de mis peores defectos. Me empuja siempre a pensamientos horribles, como querer instaurar la pena de muerte para la gente que no lo es. Me imaginé exhortando a mi hija a cortarle la cabeza al personal de recepción de la clínica, y por supuesto a los propios odontólogos, y me sobrecogí. Cuando alguien llega tarde a una convocatoria, y ocurre casi siempre, a partir de esperar cinco minutos yo empiezo a aborrecer a esa persona irracionalmente. Y cuando aparece, se me nota en la cara, tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no decirle que me da asco, que es una imbécil. Se me pasa enseguida, por suerte. En todo caso, me insufló esperanza que Helena hubiese dejado pasar diez minutos de espera antes de experimentar el deseo de marcharse.
A cualquiera se le cae el alma a los tiempos al tener que esperar por alguien o a que le toque su turno, más allá de la hora consensuada. ¡Qué vivimos en los tiempos de la velocidad y la inmediatez! ¡Y podemos morir mañana! ¡O esta tarde! ¡Sí, tenemos prisa, qué pasa! Después de todo, no somos británicos, que tienen en la fila —en la fila civilizada— una de sus señas de identidad. Hace diez años, el University College de Londres publicó un estudio que fijaba en cinco minutos y 54 segundos el tiempo que los británicos eran capaces de aguantar haciendo cola antes de empezar a resoplar y al cabo abandonarla. Supongo que los datos se han quedado desfasados.
Cuando quieres algo, en los tiempos que corren, se supone que lo quieres ahora mismo. Esto tendría que valer para ir al dentista o para subirse a un tren, confiando en que no tarde más de diez segundos en salir a su hora. Lo que me recuerda una de mis escenas favoritas en la vida. La presencié en una cola ante la caja del supermercado. Un jubilado preguntó a una joven si podía adelantarla. Ella tenía cuatro o cinco artículos en la cesta y él solo una botella de aceite. La joven lo miró de arriba abajo, muy despacio, seguramente preguntándose a dónde iba con tanta prisa el señor. Al fin retiró los auriculares de las orejas y le respondió: «No».
Suscríbete para seguir leyendo
- Rescatada del agua una persona que flotaba boca abajo en una playa de Sanxenxo
- Dos toneladas de microplásticos llegan a la ría de Vigo cada año desde el Morrazo
- Abraham Mateo consigue dejar 'loco enamorado' al público de Castrelos
- La Europol incluye en su lista de más buscados a una mujer que se hizo pasar por médica en Lugo y A Coruña
- «Ya no me queda nada por hacer en el partido ni en la política»
- La estudiante viguesa del campus de Pontevedra, Marta Domínguez, se proclama de nuevo campeona de squash del mundo universitario
- Un Celta 'in crescendo' empata ante el Nápoles
- Tres heridos en dos accidentes de tráfico en Cangas y Moaña
