Opinión | El boletín del Director

Director de Faro de Vigo
¿Se han pasado nuestros jóvenes a la ultraderecha?
El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana

El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana / FDV
Más allá del input que recibimos de nuestro círculo más próximo, ya sabéis, compañeros de trabajo, familia -el cuñadismo en España es deporte nacional-, amigos de cañas o, con suerte, los medios de comunicación -y en esto incluyo las variopintas e incontrolables redes sociales-, lo cierto es que existe otra forma clásica, se supone que científica, de radiografiar el estado de opinión de la sociedad: las encuestas. Estas, aunque no gocen de una salud de hierro, nos trasladan los sentimientos, los juicios y las percepciones de la ciudadanía sobre los asuntos más candentes. Su objetivo es ponernos ante el espejo: así somos y así pensamos. Acepto que los sondeos demoscópicos no son una biblia, pero también me resisto a despreciarlos, sin más.
Esta semana nosotros publicamos uno realizado por Gesop. No me voy a detener en el asunto político, porque está más que sobado, aunque llama la atención el pinchazo del PP de Feijóo, y no tanto la resiliencia de Sánchez, que cae pero no se desmorona, y la fuerza arrolladora de Vox. Tampoco entraré en la percepción que tienen los ciudadanos de la justicia. En dos palabras, una mayoría cree que los jueces no son independientes, vamos que están al servicio de la política. Sobre esto, ya os he hablado en alguna ocasión, así que sorpresa ninguna.
Pero sí querría entrar en algo que me ha llamado la atención y me ha hecho reflexionar: ¿Se han pasado nuestros jóvenes a la ultraderecha? ¿Explicaría esto el constante ascenso de Vox? Estas cuestiones surgen de la respuesta que ellos dan a la pregunta: ¿Es partidario de regularizar a los inmigrantes? Pues, oh sorpresa, dos de cada tres jóvenes están en contra. Vamos, que formarían parte de las filas de la prioridad nacional, el estandarte de la ultraderecha. La mayoría de los españoles menores de 30 años rechaza el proceso que ha puesto en marcha el Gobierno y que permitiría dar papeles a un millón de personas extranjeras que viven y, muchos, trabajan aquí. Deduzco de esa respuesta que los jóvenes abogan por la expulsión. Y esto me lleva a preguntarme: ¿Están dispuestos esta legión de jóvenes, españolitos y blanquitos, a trabajar en un pesquero, en la construcción o en el campo? ¿A cuidar a nuestros mayores dependientes, muchos de ellos solos en sus casas, a pasearlos cada día, a asearlos y darles la conversación y el afecto que tanto necesitan? ¿Están dispuestos a ser camareros, limpiar habitaciones u oficinas, ser cajeros de súper, pinches de cocina, peones de obra, jornaleros…? ¿Es que acaso no ven que buena parte de esos oficios, dignos como los que más, están siendo desempeñados por esos inmigrantes a los que quieren echar? ¿Es que creen que TODOS los inmigrantes son peligrosos delincuentes, vagos y maleantes? ¿Por qué son tan miopes? ¿Es que solo se relacionan con españoles pata negra? ¿Es que valores universales como la solidaridad, la fraternidad y la igualdad ya no cotizan en su mercado personal? ¿Es que ninguno tiene un abuelo/a que haya emigrado y le pueda contar su experiencia?
Estas preguntas me conducen a otras: ¿En dónde y cómo se informan los jóvenes? ¿Están solo recibiendo de plataformas, influencers y tóxicas redes mensajes manipulados, unidireccionales? ¿Qué estamos haciendo mal los medios autoconsiderados serios? ¿Hemos perdido la batalla del relato? ¿Es tan difícil hacerles entender que la realidad es más compleja? ¿Tenemos acaso que dar por perdida la lucha contra la xenofobia y el racismo? ¿Apuestan por levantar vallas, muros y fronteras? Como veis, me siento desconcertado, decepcionado, frustrado.
Me da que la desinformación y una corriente de opinión subterránea que circula con esa agua putrefacta que hoy se llama realidades alternativas (o sea, falsedades) están haciendo demasiado daño. Solo así se explica que esos mismos jóvenes que reniegan de la regularización de inmigrantes sean, en cambio, partidarios de que a los migrantes se les concedan los mismos derechos que a los nacionales. ¿Cómo pueden apoyar una cosa y la contraria? ¿Saben realmente de qué se está hablando? ¿Se han dejado atrapar por el ruido?
Curiosamente el porcentaje de los defensores de la regularización supera el 50% entre los mayores de 45 años, un indicio de que a lo mejor solo estamos ante una fiebre juvenil que se cura con el tiempo. Ojalá así sea.
La migración desde países pobres es un movimiento obligado, nunca se hace por gusto, sino por necesidad. Es una cuestión de supervivencia económica o incluso física. No es algo deseable, sino impuesto. Más aún. En el caso de España recibir inmigrantes, siempre bajo cierto control pero sin prejuicios absurdos, se ha convertido también un asunto de propia supervivencia, a la vista del desplome demográfico que sufrimos. Si queremos mantener nuestros servicios públicos, nuestra economía activa, nuestro estado del bienestar, del que tanto se benefician nuestros jóvenes, necesitamos acoger inmigrantes. Es ya una cuestión de puro egoísmo. Y esto no lo digo yo, sino también el propio empresariado, que no es precisamente una onegé, y que está desesperado ante la falta de mano de obra, en especial para asumir las tareas más arduas.
Esta es la realidad que debemos hacer llegar a nuestros jóvenes con una pedagogía de lluvia fina. Pero mientras esta no cala, estemos alerta, porque algo no estamos haciendo bien cuando discursos extremos y falaces se imponen en quienes están llamados a liderar el futuro.
¡Buen finde!
Email: director@farodevigo.es
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