Opinión | Con lo bien que iba todo
The Ansonia
Para llegar a la capilla de Santa Isabel, en la Ribeira Sacra, tienes que bajar por un caminito para personas y cabras que discurre en zigzag hasta el puente estrechito que atraviesa el río, y luego para arriba otra vez en la ladera de enfrente. Llegamos a tiempo de ver salir la procesión de la virgen que es muy pequeña, pero dice el cura que muy milagreira así que por si acaso eché una moneda al cepillo. El párroco estuvo en misiones en Zambia y ahora está en misiones entre Ourense y Lugo con doce parroquias que atender en las que hay tribus de todas clases.
La romería es pequeña como la virgen, lo que es salir, dar la vuelta a cincuenta metros y adentro otra vez; sale poco Santa Isabel y así no le coge el frío, y menos ayer que estábamos a cuarenta grados. Para refrescar a los asistentes abrió un portugués un bar consistente en una nevera, una sombrilla, un generador y una radio a todo volumen con canciones tradicionales del país irmao en bucle. Luego vino lo de sentarse a la mesa y empezar a comer pulpo sin atisbarse un final; al tercer plato decidimos parar por dejar hueco al churrasco con criollos que esperaba apostado en la parrilla listo para salir disparado.
Mi amigo tiene una estación que le dejó su abuelo, el que se fue a Nueva York en los años 20. Se subió al tren que pasaba por la puerta de casa y luego al barco y de pronto Ellis Island con diecisiete años y maleta de cartón: gente valiente. Trabajó años después en The Ansonia como ascensorista, un empleo de riesgo por aquella época en la que no abundaban los ascensores ni siquiera en Nueva York. Yo no sé si es que subían a pie o es que bajaban poco que para eso ya estaba el servicio.
El abuelo de mi amigo encontró trabajo más tarde en un garaje donde Al Capone dejaba el coche cuando iba a la ciudad, de manera que se ganaba buenas propinas poniendo cierta atención pero nunca más de la necesaria. Luego hizo fortuna y volvió en el mismo tren con los bolsillos llenos de dólares. Así es la vida, un día sales de una aldea de Lugo rumbo a América y a la vuelta te compras una estación y le haces una capilla pequeña a la virgen pequeña que hace milagros grandes.
No soy yo un tipo muy devoto, pero le pedí un milagrito que estoy pendiente de que se cumpla aunque ha pasado poco tiempo. Hombre, no era aquello de hacerse rico en Nueva York y comprarse una estación, pero quizá estuve tacaño y tenía que haber puesto más. Si veo una sucursal entro para animar la hucha de los donativos, que hace unos días he visto que aceptan tarjeta.
Suscríbete para seguir leyendo
- Dónde (y dónde no) ver el eclipse de este miércoles cerca de Vigo
- Denuncian a la protectora Os palleiros de Pontevedra por la desaparición y acogida posterior de una perra en Poio
- Pinchan las ruedas de 10 coches de portugueses en la playa de Areacova
- El cultivo de la cebada se extiende por Galicia: Hijos de Rivera se alía con 27 agricultores de A Limia y alcanza las 850 hectáreas
- Menores con adulto y permiso parental se quedaron fuera de la platea de Castrelos para ver a Abraham Mateo: «Sé que es la ley, pero...»
- Cada año 200 profesores piden compaginar la docencia con otro puesto de trabajo
- El Casino de Pontevedra mantiene la tradición: 22 chicas, «presentadas en sociedad»
- Dos policías nacionales salvan a una mujer que se quedó inconsciente al atragantarse en un bar de Vigo
