Opinión | Crónicas galantes
Franceses que hablan francés
Asombrose un portugués de ver que, en su tierna infancia, todos los niños de Francia supieran hablar francés, observaba Moratín en un jocoso ripio. Parecido asombro inverso ha experimentado Mariano Rajoy al escribir que en la selección de fútbol francesa no hay francés alguno.
No es cierto, claro está. Todos los jugadores de Francia tienen la nacionalidad francesa, del mismo modo que los de otras selecciones han de ser ciudadanos del país al que representan.
Quizá el expresidente del Gobierno haya incurrido en uno de esos prejuicios que anidan en el inconsciente y salen a flote en el momento más inoportuno. Parece probable que confundiese estirpe con ciudadanía, que es asunto zanjado precisamente por la Revolución Francesa.
También pudiera ocurrir que Rajoy fuese víctima de su afición a la obviedad, a menudo con intención irónica. Son bien recordadas sus frases enredosas sobre los vecinos, los alcaldes, los vasos que son vasos y los platos que son platos. El peligro reside en que a veces la ironía —si la hubiere— la carga el diablo.
Cosas así pueden desatar hasta un conflicto diplomático, como de hecho sucedió el otro día en vísperas del partido entre España y Francia. Felizmente, imperó la cordura y además ganó el mejor. Seguimos siendo amigos y socios.
«La mezcla [gala] ha demostrado su excelencia con dos títulos mundiales, que no serán tres al cruzarse España en su camino»
Si uno quiere incurrir en el estereotipo, son otros los que adornan a Francia, más allá de su condición de país multicultural. Lo que da fama a nuestros vecinos es, en realidad, el cultivo de la galantería y las artes de la cocina, tan íntimamente relacionadas.
Son, a fin de cuentas, los inventores del «francés» y el ménage à trois, que tantas alegrías han dado a parejas y tríos de todo el mundo. Tampoco ha de sorprender que a los grandes cocineros se les llame chefs.
Progresistas impenitentes, los franceses se precian de ser terre d’accueil (tierra de acogida) para gentes de todo el mundo y, en particular, de sus antiguas colonias. La mejor demostración la ofrece, precisamente, el equipo nacional con el que practican un fútbol de colorines. De ese mestizo elenco forman parte jugadores de ascendencia camerunesa, argelina, maliense y española, entre otras.
Nada de eso impide que sean franceses por razón de ciudadanía, concepto que supera —al dejarlos atrás— los viejos méritos de cuna, de sangre, de estirpe y de color de piel propios del Ancien Régime. La mezcla ha demostrado su excelencia con dos títulos mundiales, que de momento no serán tres al cruzarse España en su camino.
El propio Rajoy, ahora contrito, alabó el altísimo nivel futbolístico de esa fórmula mixta, si bien pareció querer rebajarle méritos al desposeerla de su condición francesa. Se ha vuelto a liar y a liarla; y, además, por escrito. Son los peligros del inconsciente cuando traspasa las barreras que habitualmente lo reprimen.
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