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Opinión | In memoriam

Amalia María Gallego

Víctor Iglesias Viqueira: sonrisa como tarjeta de presentación, sorna como bandera de independencia

El periodista y escritor Víctor Iglesias Viqueira.

El periodista y escritor Víctor Iglesias Viqueira. / Magar

Ayer, con el fallecimiento de Víctor Iglesias Viqueira, se nos ha ido otra parte de la historia de FARO. Sin saber que me estaba despidiendo de él, esa misma mañana su nombre surgió en mi memoria rememorando la noticia del incendio del Gran Hotel Balneario de Mondariz, en la que le tocó ser el «enviado especial» del periódico. Una situación que muchas veces me contó por mi interés por la historia de la empresa a la que ahora pertenezco.

Ayer también se ha ido una parte de mi historia como periodista —parece que este año me ha tocado decir «hasta siempre» a varios de mis recuerdos más queridos de este diario—.

Y es que yo tengo claro que he sido una privilegiada en la historia del decano de la prensa nacional. Llegué a la redacción con Armesto Faginas en la dirección; en una época en la que todavía trabajábamos en Olivetti; en un momento en el que vivimos la transformación tecnológica de una manera galopante, «mañana salimos a la calle con el nuevo sistema» —nos amenazaba Ricardo Prieto desde la puerta de talleres—; en años de transición profesional y con un equipo, ese que catalogan de «vieja guardia», que era una alineación de primera.

Varela, Manuel de la Fuente, José Grondona, Francisco Pablos, Manuel Tourón, Guillermo Cameselle, Llanos, Pedro Boffil, Fernando Franco y Víctor I. Viqueira. Maestros, cada uno en lo suyo como un privilegio de la casa, que defendían el periodismo como servicio público, el buen hacer dentro y fuera de la redacción y la camaradería llevada a los extremos más loables.

Con la misma flema, tanto te corregían un titular, te mandaban a por café a la máquina, se mofaban de ti por tu ingenuidad, te invitaban a sus cenas que nunca sabías cuándo terminaban, te daban consejos de padre e incluso se atrevían a redactarte parte de los trabajos para la facultad. «A Fajardo le encantan los temas vinculados a la teoría de lo permanente, déjamelo a mí» —me decía Viqueira, que se encargaba no solo de esbozar la entradilla del tema, sino que terminaba haciéndolo todo, mientras se fumaba el pitillo de primera hora de la tarde—.

La última vez que lo vi fue en Sabarís, en su parada matinal en el Fidalgo: pitillo en mano, sonrisa como tarjeta de presentación y sorna como bandera de independencia.

Nos saludamos como antiguos camaradas, como maestro y alumna, como vecinos que éramos y, sobre todo, como amigos de esos que cuando se reencuentran no tienen que hacer muchos aspavientos para dejar claro que se profesan amor eterno.

Una relación que nació en FARO y que se consolida cada día en la página del diario, porque está claro que, estemos donde estemos cada uno de nosotros, siempre pertenecemos a esa gran escuela del periodismo y de vida.

¡Hasta más ver, Viqueira!, como te gustaba decir. Hasta siempre.

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