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Opinión | In memoriam

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Eterno Víctor Iglesias Viqueira

Se nos fue Viqui. Aún con la marcha de Fernando Franco a medio digerir —si es que algo así se puede digerir—, me despierto con la mala nueva de la muerte de mi queridísimo Víctor Iglesias Viqueira, compañero de FARO durante una breve etapa —se jubiló poco después de mi estreno en esta casa—, vecino desde que tengo memoria y buen amigo desde hace más de dos décadas. Periodista y escritor de la vieja guardia, pero, sobre todo, un intelectual humilde, con un sentido del humor ácido y, a veces, retorcido; con chispa, no siempre apto para el común de los lectores, que tan bien plasmó en sus conocidos «Pensamientos de Miau».

No negaré que tal vez acabé en FARO por él. No sé si tiene todo el mérito o si simplemente prendió la mecha cuando yo no tenía nada claro a qué quería dedicarme. Para empezar, la primera vez que pisé la redacción fue en su compañía. Tendría unos veinte años.

«¿Quieres ver cómo es un periódico?»

Pues claro.

El viaje de Sabarís a Chapela duró una hora y cuarto. Recuerdo subirme encogido a aquel R5 blanco y destartalado que conducía como a cámara lenta, lleno hasta arriba de ejemplares de FARO, papeles con notas y escritos de su cosecha. ¡Ah!, y de cajetillas vacías de Ducados. Él y su inseparable cigarrillo. Vinimos por carretera, nada de autopista, y, claro, hicimos varias paradas por el camino para tomar algo. Por si nos deshidratábamos.

Me abrió literalmente las puertas del periódico para presentarme a los pocos que ya entonces quedaban de su quinta, enseñarme la rotativa, una redacción que nada tiene que ver con la de ahora y terminar de inclinar la balanza hacia un oficio tan sacrificado como apasionante.

¿Que cómo conocí a Viqueira? Bueno, del variado elenco de personajes quijotescos que hacían parada —y también fonda— en el taller de O Ferreiro de Sabarís, ese lugar de encuentro en el que mi tío Manolo lo mismo soldaba un portal que descorchaba una botella de vino para dar conversación, o sacaba de su colección personal una pistola Luger de las que llevaban los oficiales nazis para armar —nunca mejor dicho— el argumento de una novela —esto lo viví yo con Gonzalo Torrente Ballester, por ejemplo—, Viqueira fue siempre quien más captó mi atención. Por su simpatía, por su cordialidad, por su humor, aunque muchas veces no entendiese nada de lo que me estaba diciendo —lo de intelectual, a veces, lo llevaba hasta el extremo—, y por el cariño que siempre me demostró a mí y a mi familia. Sobre todo a Manolo y a mi abuela Filo, la gran matriarca del clan.

Por eso me costará no encontrármelo de vez en cuando por la calle o tomando algo en el Fidalgo de Berto.

«¿Qué tal por Chapela?».

«Bien, Viqui, como siempre».

«No dejes de escribir. No seas de esos jefes que como no saben escribir, corrigen».

Viqueira en estado puro.

Seguiré escribiendo, Viqui. Aunque solo sea para hacerte caso una vez y para poder seguir conversando contigo de vez en cuando, desde estas páginas. Porque algunos maestros no necesitan dar lecciones: les basta con abrirte una puerta, acompañarte durante el camino y dejarte una frase que ya no olvidarás jamás.

Descansa en paz, compañeiro.

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