Opinión
La chica de Kissinger
La chica de Kissinger. Así llamó con indudable sarcasmo el ensayista y poeta alemán Hans-Magnus Enzensberg a una de las voces más importantes de la lírica en lengua alemana del siglo XX, la poeta y novelista austrIaca Ingeborg Bachmann, de cuyo nacimiento se cumple ahora un siglo.
El autor de «Política y Delito» y «El hundimiento del Titanic», entre muchos otros libros, aludía con ese apodo al hecho de que, en plena guerra fría, Bachmann había sido captada, como tantos intelectuales europeos, sobre todo de habla alemana, aunque en su mayoría no se dieran cuenta de ello, por organismos financiados en secreto por la CIA.
Muchos años después, en unas declaraciones que hizo en 2015 a la revista de pensamiento alemana Zeitschrift für Ideengeschichte», Enzensberger explicó cómo Ingeborg Bachmann había sido reclutada en 1955, junto al alemán Siegfried Unseld, futuro director de Suhrkamp, una de las más prestigiosas editoriales alemanas .
Kissinger, futuro secretario de Estado y Consejero de Seguridad de EE UU en los gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford, que en los años cincuenta dirigía el Seminario Internacional de Harvard, que él mismo había fundado,. tenía «muy buen olfato» para gente que luego ocuparía algún lugar destacado en la vida cultural, en la política o en los medios de sus respectivos países, reconoció Enzensberger.
Al frente de ese seminario, que era sin lugar a dudas un centro de reclutamiento de intelectuales financiado por la CIA, aunque disimulase hábilmente esta circunstancia, Kissinger invitó a la Universidad de Harvard a gentes que serían luego presidentes de países africanos o que harían carrera en los medios de comunicación.
Tanto a Bachman como al editor Unseld los invitó Kissinger a la Escuela de Verano de Harvard. La escritora austriaca trataría luego a su vez de captar a otros intelectuales, entre ellos, aunque sin éxito, al propio Enzensberg, al que se ofreció a escribir una carta de recomendación a Kissinger.
Parece que hizo lo mismo con Uwe Johnson, otro de los escritores de posguerra más conocidos, que había abandonado poco antes la República Democrática Alemana.
A Bachman la había recomendado a su vez a Kissinger el poeta y crítico Hans Egon Holthusen , quien, al igual por cierto que el editor Unseld, había estado afiliado desde 1933 al partido nazi, algo que Kissinger, judío nacido en Alemania, no podía ignorar.
También había abogado por ella Friedrich Torberg, primero amigo y después boicoteador del poeta y dramaturgo comunista Bertolt Brecht, además de fundador de la revista austriaca Forum, financiada por el Congreso para la Libertad de la Cultura, organización anticomunista fundada en Berlín en 1950 y que, financiada también en secreto por la CIA, operaba en treinta cinco países.
«El final de Ingeborg Bacnmann fue más bien dramático: sufrió de alcoholismo y de adicción a los medicamentos, entre ellos los barbitúricos que le recetaba su médico»
Fruto del primer viaje a EE UU de «la chica de Kissinger» fue su obra radiofónica «El buen dios de Manhattan», que habla de la imposibilidad del amor bajo el sistema capitalista aunque sin que en ningún momento diera la impresión la autora de haber sucumbido por ello a la ideología comunista.
Como explica la historiadora y periodista británica Frances Stonor Saunders, en su libro publicado en castellano bajo el título de «La CIA y la guerra fría cultural», en el que denuncia con lujo de detalles sus actividades, el Congreso para la Libertad de la Cultura intentaba desterrar de la intelectualidad europea occidental de aquellos años sus «simpatías latentes por el marxismo y comunismo» para convencerlos de las ventajas del estilo de vida estadounidense.
En lugar de un anticomunismo histérico, resultaba entonces más aceptable para los intelectuales a los que se trataba de atraer con los más hábiles métodos, una crítica ligera del capitalismo, que fuera siempre humanista y con una cierta pátina cultural.
Bachmann volvió a viajar en 1962 a Estados Unidos, en esta ocasión invitada por el ex nazi Holthusen, pero, como recuerda el historiador de la literatura Dennis Püllmann, a quien he tomado prestado muchos datos, no pudo participar cuatro años más tarde por culpa de un accidente en el legendario viaje a Princeton del llamado grupo 47, que se ha había propuesto como objetivo revitalizar la literatura en lengua alemana tras la Segunda Guerra Mundial.
Al grupo, fundado y liderado por Hans Werner Richter, pertenecían los escritores alemanes y austriacos más destacados de aquellos años, entre ellos la propia Bachmann, también Enzensberger y otros grandes poetas como Paul Celan o Günter Eich o los novelistas Günter Grass, Henrich Böll, Uwe Johnson, Erich Kästner y Siegfried Lenz.
En 1953, Ingeborg Bachman se mudó a Roma, donde dedicó los años siguientes a escribir poemas, ensayos, libretos de ópera y relatos cortos que le darían fama internacional y le proporcionarían numerosos premios, entre ellos el más famoso, que lleva el nombre del gran dramaturgo del siglo XIX Georg Büchner.
Entre 1958 y 1963, la austriaca tuvo una relación más bien tormentosa y tóxica con el escritor suizo Max Frisch, que además de sus infidelidades intentó ejercer el control sobre ella.
Su final fue más bien dramático: sufrió de alcoholismo y de adicción a los medicamentos, entre ellos los barbitúricos que le recetaba su médico.
La noche del 25 de septiembre de 1973, su camisón comenzó a arder por culpa del cigarrillo que estaba fumando y hubo que trasladarla de urgencia a un hospital romano, donde la trataron por las quemaduras de segundo y tercer grado.
El 17 de octubre de ese mismo año falleció la autora de «Malina», «A los treinta años», «Ansia y otros cuentos» y otras muchas obras que dejó inacabadas.
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