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Una mañana con Berizzo
El análisis semanal del presente, pasado y futuro del deporte con Juan Carlos Álvarez

Newsletter de actualidad deportivo por Juan Carlos Álvarez
Nueve años han pasado desde que Berizzo se marchó de Vigo en aquel mayo triste y díficil de comprender. Desde entonces tenía una entrevista pendiente con él que nunca encontraba su espacio ni su momento. Como buen «hijo de Bielsa», que fue de los primeros técnicos en reducir sus comparecencias públicas a las ruedas de prensa, cuesta sentarlo en una mesa para charlar con calma aunque tiene un don único para hacerlo. Que se lo digan a quienes han intentado ficharlo como comentarista televisivo y siempre se encuentran el no como respuesta. Esta semana se dieron al fin las circunstancias ideales gracias a una de sus periódicas visitas a Vigo donde conserva afectos para toda la vida y a la ayuda de mi querido César (un amigo en común a quien siempre estaré agradecido). El resultado es una charla exagerada (por sus dimensiones) en la que Berizzo despliega su filosofía, redondea las frases como nadie y, sobre todo, nos recuerda los motivos por los que se convirtió en mucho más que un entrenador para el Celta. Pasa el tiempo pero en el celtismo siguen resonando sus frases cada vez que el club se enfrenta a un momento decisivo, su inspiración sigue viva incluso ahora que gracias a Claudio hay un nuevo caudillo al que seguir de forma ciega.
Berizzo representó (y representa) una actitud ante la vida que plasmó en aquel equipo que durante tres temporadas se «tiraba a matar» ante cualquier rival y que se rebeló contra lo establecido. Él lo duda, pero soy de los que cree que esa huella quedó en el ambiente, en el club, en nuestro escosistema y que quienes ahora abanderan el discurso del descaro no hacen otra cosa que seguir la senda que él trazó. De todo esto habla en la entrevista, de las diferencias con el Celta actual, del acierto del club al elegir a Claudio y solo se guarda detalles de aquella ruptura traumática con Carlos Mouriño que fue lo que provocó su dolorosa salida del Celta cuando la renovación empezaba a encauzarse. Esa cicatriz no ha terminado de cerrar. Ni en él ni en una parte de los aficionados que aún lo extrañan. Reencontrarse con él ha sido un regalo también porque te devuelve al fútbol que uno aprendió a querer y que está muy lejos de lo que vemos hoy en día en la Liga, en el Mundial. Se revuelve contra los poderes, contra la falta de autoridad en los vestuarios, la irresponsabilidad de muchos futbolistas, la impostura general y la ausencia de códigos. A veces parece que le cuesta reconocerse en ese mundo o, tal vez, como ayer dijo en la redacción el simpático Armando: «Era una conversación entre dos señores mayores». Aquí se la dejo de nuevo para que disfruten de una de las mentes que mejor explican el fútbol y a quien tuvimos el honor de disfrutar como jugador y entrenador. Y como celtista que es deja otra recomendación interesante: no volver a derrotas pasadas, a finales perdidas, a tardes dolorosas o a debates sobre si Beauvue debió tirar en Old Trafford… «ya solo importa que la próxima vez que estemos ahí delante vaya para dentro».
Decía Marco Garcés que una de las prioridades de este verano era asegurarse la continuidad de los tres pilares defensivos de Claudio: Javi Rodríguez, Starfelt y Marcos Alonso. Pendientes del estado en el que vuelve de las vacaciones el central sueco, el principal dolor de cabeza podía ser la situación de Marcos -que se fue a descansar dándole vueltas a su futuro- y que finalmente se ha despejado con la renovación de su contrato por dos años aunque en realidad se trata de un 1+1. El central zurdo de la plantilla habló estos días y curiosamente dio la impresión de ponerle deberes a la dirección deportiva. Con elegancia y sin hacer demasiado ruido se refirió a las salidas de este verano y pareció reclamar incorporaciones de nivel. Es como si dentro del vestuario también existiese una reclamación a las estancias superiores de dar un paso adelante. Y no está de más que la presión a Garcés no llegue solo desde el cuerpo técnico y que sienta que hay más gente reclamando audacia por su parte. Será interesante comprobar si en las próximas semanas más voces se suman a esta corriente.
Me voy con la historia irrepetible de la semana que viene que ni pintada. Resulta que este fin de semana se murió Antonio Rattín, el protagonista de la primera gran crisis futbolística entre Inglaterra y Argentina. Su fallecimiento se produjo justo el día antes de que se supiese que ambas selecciones van a cruzarse en las semifinales del Mundial para renovar viejas e irreconciliables rivalidades. Rattín fue un «cacique» en el campo, capitán de la selección y de Boca, que en 1966 armó un terrible follón cuando se le ocurrió reclamar un intérprete para ponerse de acuerdo con un árbitro alemán que los estaba toreando.
Se me ha hecho tarde porque uno también tiene que cuidar de viejos afectos. Dejo pendientes un par de asuntos (no te libras Currás) pero no quiero irme sin decirles que vean «Ravalear», una serie sobre la especulación de la vivienda que engancha como una buena novela negra. Disfruten de la última semana de este Mundial perfectamente olvidable salvo que gane España.
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