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Opinión | Editorial

Pactos PP-Vox: el oasis gallego lo es hoy más

Alberto Núñez Feijóo, con la portavoz popular en el Congreso, Ester Muñoz, en un Pleno.

Alberto Núñez Feijóo, con la portavoz popular en el Congreso, Ester Muñoz, en un Pleno. / Marta Fernández / Europa Press

La política nacional se mueve en paradojas difíciles de digerir. Que Pedro Sánchez hubiese llegado al poder enarbolando la bandera de la decencia y la honradez frente a la corrupción del Partido Popular de Mariano Rajoy, Luis Bárcenas y la Gurtel y hoy se aferre al poder mientras está asediado por presuntos (algunos ya no lo son porque se dictaron sentencias) casos de corrupción que afectan a su entorno personal más íntimo, al núcleo duro de su partido (dos exsecretarios de Organización en la cárcel, uno ya condenado a 24 años) y a instituciones claves como la Guardia Civil y la Sepi, o incluso a el expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapateroinvestigado por hacer lucrativos negocios en supuesta connivencia con ministerios— es una flagrante muestra de la teoría del embudo: lo que se le exige a otros en nombre de la dignidad y la ética a uno mismo no le concierne. Esa doble vara de medir, que tanto daño está haciendo a la credibilidad y la salud del sistema democrático, resulta pasmosa, por no decir escandalosa. Alegar que existe una enorme conspiración político-judicial-policial para desbancarlos del poder con decisiones arteras e injustas es grotesco. Y no le hace ningún bien a la imprescindible confianza de los ciudadanos en la división de poderes. Como tampoco algunas estrambóticas decisiones judiciales.

Otra de las paradojas de estos tiempos convulsos y erráticos se da en el Partido Popular. Porque cuanto más poder territorial pierde, más cerca está de La Moncloa. Cuanto mayores son las renuncias a sus principios y señas de identidad más próximo se encuentra de recuperar el poder.

El carrusel de elecciones autonómicas anticipadas que ha habido en España confirmó algo que ya se daba por descontado, aunque algunos se hayan empeñado en vender hasta el último minuto líneas rojas infranqueables, defendiendo que en política no todo vale, que la conservación del poder a toda costa no era una opción, que había precios demasiado elevados que no se pagarían, aunque la defensa de los principios supusiese la convocatoria de nuevas elecciones o la pérdida del sillón. Finalmente, el tiempo ha demostrado que todo ese discurso sostenido en principios aparentemente innegociables eran meros fuegos de artificio, cortinas de humo.

Coaliciones con Vox

Porque el Partido Popular ya gobierna con Vox en Aragón, Castilla y León, Extremadura y Andalucía. En la Comunidad Valenciana, Murcia o Baleares lo hace con sus apoyos, aunque no formen parte del Ejecutivo. Si alguien creía que ese cordón sanitario para evitar el contagio del partido ultra se iba a mantener, estaba equivocado. El caso más flagrante es el de Andalucía. José Manuel Moreno Bonilla parecía encarnar la denominada «vía andaluza», que, entre otros compromisos, se cimentaba en rechazar la prioridad nacional («un eslogan», despreció) y en una negativa radical a incluir en su futuro gobierno a miembros de Vox (la fuerza ultra tiene ahora un vicepresidente responsable de cuatro competencias no menores: Turismo, Desregulación, Justicia y Administración Local). El trágala por dos votos también le ha llevado a asumir la prioridad nacional, emblema de Vox y que, por muchas vueltas que se le quiera dar al término travistiéndolo de eufemismos, supone la discriminación de los inmigrantes de servicios esenciales o ayudas y subvenciones. Dirigentes del PP están despreciando este peaje al considerarlo menor por cuanto a cambio el PP mantiene la presidencia. Sin embargo, lo importante es contraponer lo que Moreno Bonilla proclamó solo hace unas semanas en campaña y lo que finalmente ha aceptado.

En política el valor de la palabra y los compromisos solemnes cotizan a la baja, en uno y otro lado del espectro político. Este hecho debería ser motivo de profunda reflexión en nuestra clase política sobre el respeto a los ciudadanos y por qué su credibilidad está por los suelos, como nos advierten los estudios demoscópicos. Esa vía andaluza que apostaba por la centralidad y la moderación, por el autonomismo frente a una visión monolítica de España, que niega las singularidades históricas, es tristemente historia.

La Moncloa, más cerca para Feijóo

Sin embargo, al decaer las líneas rojas con Vox y con los gobiernos de coalición naturalizados, las opciones de Alberto Núñez Feijóo de llegar a La Moncloa son hoy, según lo que reflejan insistentemente las encuestas, casi del cien por cien. Ya nadie puede desdeñar un Ejecutivo presidido por Feijóo y con Santiago Abascal de vicepresidente (recordemos que esa cartera es la que le acaba de dar Bonilla al representante de Vox en Andalucía). Y es que las posibilidades de un Ejecutivo en minoría con apoyos exteriores de la formación ultra se han esfumado después de los precedentes de Aragón, Extremadura, Castilla y León y Andalucía. Es evidente que Vox exige su cuota de poder y rechaza el rol de muleta en la que apoyarse puntualmente. La alternativa, la probabilidad de un Gobierno por mayoría absoluta de Feijóo, no lo contempla ningún sondeo. Y nada parece indicar —pese a la oleada de escándalos que sacuden al PSOE y a Sánchez— que se vaya a producir un vuelco en esa dirección. La tercera opción, la abstención de los socialistas para que gobierne el partido más votado, es una quimera. Ni el PSOE, mucho menos el de Pedro Sánchez, lo aceptaría ni Vox pasaría por ahí. No vivimos en Alemania o Portugal.

Galicia, un oasis

Las urnas nos enseñan que las mayorías absolutas son un rara avis. Este hecho convierte a Galicia, junto a Madrid, aunque esta tiene otras particularidades connaturales a su condición de capital y a la personalidad de su presidenta Isabel Díaz Ayuso, en una suerte de oasis. Desde la época de Fraga, en Galicia el Partido Popular ha sabido articular un discurso lo suficientemente amplio y transversal en el que todos los votantes de centroderecha se encuentren cómodos. Que no contrapone lo español y lo gallego. Que reconoce y apuesta por el derecho irrenunciable a su condición de nacionalidad histórica, con la lengua como elemento central de nuestra identidad. Que huye de los extremos. El presidente Rueda, hasta ahora, mantiene esa hoja de ruta.

La estrategia de exacerbar el discurso radical, como ha hecho el Partido Popular en otros territorios para, se suponía, cortar la sangría de votos que podrían desviarse a Vox ha sido un fiasco. Se ha confirmado como fallido el renunciar a las señas de identidad, a una forma de ver y entender el mundo, de relacionarse. A dejar de ser uno mismo para parecerse a otros. Sucumbir a la tentación de señalar al inmigrante como un peligroso invasor que viene a destruir nuestro bienestar y paz social en lugar de acogerlo, siempre bajo una regulación clara, sin prejuicios como un aliado que contribuye a generar riqueza y prosperidad. Defender la construcción de muros en lugar de tender puentes. Demonizar la cultura y la lengua históricas, rebajarlas a pintorescos dialectos de lugareños, en aras de una supuesta hispanidad que todo lo abarca... Ese discurso propio de los trompeteros del apocalipsis no se compadece con el sentir del gallego. Así lo han manifestado, elección tras elección, las urnas. Tras la claudicación de Moreno Bonilla, el oasis de Galicia lo es hoy más. Está por ver si Alfonso Rueda redobla su apuesta por que ese oasis tenga cada vez más agua o, ante el temor de que venga el lobo de Vox, da un volantazo y orilla una forma de actuar que lo ha convertido en un referente de la otra política ganadora del PP. Si en los años 60 cosechó un gran éxito el eslogan, por cierto promovido por Manuel Fraga, de Spain is different, hoy habría que actualizarlo con el Galicia is different. Porque lo es.

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