Opinión | El boletín del Director

Director de Faro de Vigo
¿Es que somos idiotas?
El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana

El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana / FDV
La ley del embudo y la desmemoria gozan de una excelente salud. Me temo que es defecto del animal… humano. No tenemos remedio. No aprendemos. Atesoramos una formidable capacidad para el olvido, para exigir a otros aquello que uno mismo se perdona. Las dos (o tres) varas de medir nos evitan problemas de conciencia.
El otro día, sin ir más lejos, una dirigente del Partido Popular daba por seguro que Alberto Núñez Feijóo será presidente del Gobierno. Yo, mutado en mosca cojonera, mostré cierto reparo, recordándole la capacidad de resiliencia de Pedro Sánchez, el ejemplo perfecto del político superviviente, y destaqué su proverbial olfato para manejar calendarios, construir cortinas de humo, maniobras de distracción y buscarse enemigos internacionales (Trump, Netayanhu…) o amigos (el Papa León XIV). En la chistera de Pedro no caben conejos, sino elefantes. “Yo es que no lo veo tan claro”, le objeté tímidamente. Ella, al instante, salió en tromba. “Pero ¿cómo puedes decir eso? Su mujer, su hermano, los exsecretarios de Organización, ZP, lo de la Guardia Civil, la de la Sepi, el fiscal general… todos, todos, a la cárcel…”, soltó de carrerilla, enterrando la presunción de inocencia a tres metros de profundidad. “Eso es todo porquería, fango; da noxo”, insistía. “Ya, ya, pero yo no lo daría por muerto”, le chinché. Entonces, en una explosión de ira, me soltó: “Pues entonces, entonces, si eso ocurre… ¡es que los ciudadanos son idiotas, idiotas de remate!”. En ese punto, apelando a la memoria más reciente, reseñé que tras el escándalo de la Gürtel (ya saben, la caja B del PP, lo de “Luis sé fuerte” y todo el dinero en negro que pagó la sede del PP en Génova y enriqueció a un puñado de dirigentes populares), más de cinco millones de personas dieron su apoyo al partido. La corrupción no nubló su voto en 2019 con todas las presuntas calderas putrefactas del PP en plena ebullición. “¿Aquellos cinco millones que apoyaron al PP eran también idiotas de remate?”, le pregunté, a ver si firmábamos un pacto de mínimos. Su contestación fue tan espontánea como esperable: “Mira, eso es el pasado y no era lo mismo. Ahora estamos hablando de Sánchez y la basura que le rodea, así que no te distraigas”. “Ya, claro”, me limité a decir y cambié de asunto, ese ya no daba más de sí. Ella me miró con cara de: “¿Este no será uno de esos idiotas?”.
La idea de que estamos rodeados de tontos no deja de ser muy poderosa. Uno mismo sucumbe a la tentación. Motivos sobran. ¿Cómo, si no, se puede entender lo de Trump? ¿Han perdido la chaveta los estadounidenses? ¿De verdad 77 millones de electores creyeron que Trump es el idóneo para dirigir el país más poderoso del mundo? El escándalo que ha montado el presidente naranja (por su tez) con la llamada al jefe de la FIFA, un descarado de mil demonios, para que le retirase la tarjeta roja a un jugador yanqui es de aurora boreal. A medio mundo, el que aún piensa, se le quedó cara de tonto. ¿Es posible rearbitrar un partido desde el despacho oval? Lo es. Como lo es secuestrar al presidente de un país, iniciar, y perder, una guerra en Irán con dramáticas consecuencias económicas, coquetear con la invasión de Groenlandia o hacer negocietes milmillonarios con criptomonedas (ríete de los billetes del Monopoly). En fin, si eso es posible, ¿qué más cosas pueden estar pasando que no sepamos, a no ser que un bocazas como Trump las vaya contando? Pongámonos en lo peor. Hace tiempo que el fútbol ha traspasado lo que vemos sobre un campo de hierba para adentrarse en terrenos más pantanosos. Así que contemplar a las aficiones (pobres niños) jaleando a su selección en la creencia de que ganará el mejor, esa imagen, que queréis que os diga, me produce ternura, un sentimiento que llevado al extremo se puede confundir con el propio de un lelo.
Que un juez le retire el pasaporte a la mujer del presidente alegando que se puede fugar del país con la complicidad de sus escoltas (policías nacionales) y que el mismo juez se vaya de vacaciones para no resolver el recurso de la afectada es de traca. Su señoría, que debe estar a estas alturas torrándose en la playa con una caipiriña en una mano y un puro en la otra, quizá esté orgulloso de su espantada. Que el juez sustituto se cogiese el día libre (aparta de mí ese cáliz) y que tuviese que ser un tercero el que adoptase una decisión estrambóticamente salomónica (a Londres sí, a Turquía no) me lleva al pasmo.
Todo esto resulta lamentable, impropio de una judicatura que se pone de uñas cuando se insinúa que está politizada. Porque todos sabemos que política y la cúpula del poder judicial no tienen nada que ver, ¿verdad? Salvo por el pequeño detalle de que los nombramientos en las más altas magistraturas se deciden desde la política. En el Poder Judicial, como en tantos otros ámbitos de la vida pública, desde siempre ha existido el quítate tú para ponerme yo. Como se le escapó en una ocasión a un togado nostálgico: “Paciencia, esto cambiará cuando vuelvan los nuestros”.
Que la Audiencia de Madrid suspenda la entrada en prisión del Pequeño Nicolás, condenado a doce años, y finiquite el asuntillo con 1.800 euros de multa tampoco es que refuerce mi confianza en el tercer poder del Estado. Lo confieso, por este chaval siento empatía. Me parece un granuja, un pícaro, un pilluelo… La condena inicial por sus delitos -hacerse pasar por un alto cargo con comitiva real más falsa que un bolso chino- era una barbaridad, vale, pero 1.800 euros de multa es de coña. La justicia está dando un espectáculo que ya le gustaría a La Roja de De la Fuente. Nicolás no tiene cara de espabilado, para qué nos vamos a engañar, pero al final va a ser el más listo de la clase (y que algunos le sigan llamando parvo al rapaz).
Así van pasando los días: unos y otros a la greña, obsesionados por sus lentejas, por defender sus sinecuras, centrados en cómo trepar, cómo cepillarse al rival (por lo civil o por lo criminal) o cómo evitar que te expulsen del paraíso (monclovita). Y mientras el sistema se nos cae a cachos, el común de los mortales se dedica a sus afanes diarios, a sus preocupaciones y también a sus ganas de ocio (mucho más en días de canícula), ajenos a un espectáculo tan poco edificante. Ah, y que nadie me venga ahora con que esa distancia emocional es propia de inmaduros, de idiotas. Yo lo veo como un rasgo de higiene mental, de sensata inteligencia. Demasiada.
¡Buen finde!
Email: director@farodevigo.es
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