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Opinión | Reflexiones de un viejo outsider

Vigo

Gentrificación

Príncipe repleta de turistas a principios del pasado mes de junio.

Príncipe repleta de turistas a principios del pasado mes de junio. / Alba Villar

La transformación que están sufriendo nuestras ciudades, denominada técnicamente gentrificación, un término acuñado en 1964 por la socióloga británica Ruth Glass, provoca la desaparición del tejido urbano de asentamiento y socialización y convierte los barrios tradicionales en lugares impersonales dónde el comercio local de proximidad va desapareciendo para dar entrada a franquicias de firmas transnacionales. El ultramarinos, la mercería, el kiosco de revistas y chuches, la taberna de toda la vida, cierran sus puertas en favor de luminosos espacios de cuidada estética contemporánea a la vez que impersonal a los que sólo se entra para ver y comprar y no para conversar, como sucedía antes en los pequeños negocios regentados por uno o dos seres humanos, donde no era necesario disponer de grandes letreros para su denominación e identidad. Decir: «Fui a la de Juan y cogí esto, después pasé por la de Enriqueta y compré unas uvas…», era cantinela suficiente para saber en qué locales habías estado. Los negocios familiares se convertían de este modo en lugares de socialización e interacción que operaban como células de vigilancia informal y desinstitucionalizada. Formaban parte del ADN de la comunidad por lo que era imposible que un miembro del barrio, como sucede hoy en ocasiones, desapareciera del mundo y lo encontraran sin vida en su casa meses más tarde.

Si bien así se encuentra la situación a pie de calle, en las plantas altas, la proliferación de viviendas turísticas ha convertido los barrios del centro de las ciudades en un entorno plagado de soluciones habitacionales para visitantes destinadas a cubrir estancias cortas. Los autóctonos no pueden competir con la rentabilidad que proporcionan los huéspedes que pagan por día y no por mes, por lo que la oferta de alquiler a largo plazo casi ha desaparecido y la que hay, debido a la pingue oferta y la enorme demanda, ha multiplicado de tal manera los precios y condiciones que se hace casi imposible alquilar una vivienda a través de un contrato razonable.

Pero no seamos hipócritas. Nosotros mismos hemos colaborado a esa situación. Muchas personas cuando viajan utilizan con profusión la vivienda turística para alojarse. Un modelo que no sólo no genera puestos de trabajo, como sí lo hacen los servicios tradicionales de hospedaje y hostelería, sino que además saca del mercado de la venta y el alquiler cantidad de viviendas. Por lo tanto, los que utilizan estos alojamientos para pernoctar en sus viajes son en principio colaboradores y cómplices de la anomalía que provoca el secuestro de una vivienda habitual para la población autóctona en cada lugar. Llegados a este punto pienso que, en lo que respecta a la escasez de vivienda, somos un poco interesados y nos fijamos en el dedo que señala y no en la luna. Que no haya oferta de viviendas y por lo tanto sus precios estén por las nubes, ¿no puede ser en gran medida consecuencia de esta práctica?

Cuando viajamos, ¿en dónde nos hospedamos?: ¿en un hotel, hostal, pensión, camping… o en una vivienda turística? Estamos contra la gentrificación en nuestra ciudad, pero cuando viajamos a otra nos vale esa opción. Es decir, practicamos lo contrario. Si se decidiera dejar de usar este tipo de alojamiento turístico, estoy seguro de que saldrían tantos pisos a la venta y alquiler que prácticamente no sería casi necesario abordar nuevas construcciones para cubrir la demanda. Eso sí, esa decisión necesita la concienciación de los usuarios, pero también de los concellos que no paran de hinchar pecho cada año sobre el incremento de cifras en las pernoctas de sus villas y ciudades, muchas ellas, por cierto, alojadas en este modelo de hospedaje de vivienda turística. Se trata pues de una propuesta racional e inmediata para acabar sin dilación con una parte del problema de la vivienda: los hoteles, hostales y pensiones con su función al viajero de paso y los pisos para vivir a largo plazo. Además, el modelo de pisos vacíos dedicados de forma exclusiva al negocio del alquiler turístico, nada tiene que ver con el concepto inicial de «Airbnb» cuyo significado: «Air bed and breakfast», señala ya de por sí en su filosofía: «Colchón de aire y desayuno». Originariamente consistía en la oferta de una de las habitaciones de la vivienda habitual a personas de paso. Es decir, el negocio de los pisos de alquiler vacacional de la actualidad, es en realidad una perversión, ya que merma el vecindario estable, al contrario de lo que sucedía con el concepto original.

Ah, y ya de paso, si se hacen viviendas sociales, que sean destinadas al alquiler, nunca a la venta. La constitución habla de «vivienda digna», pero no de propiedad. Es decir, para cubrir las necesidades y no para adquirir un patrimonio personal patrocinado por la administración. Si todas las viviendas sociales que se construyeron hasta la fecha se hubieran concedido en régimen de alquiler, hoy el Estado, las comunidades y los concellos estarían en posesión de un parque de vivienda pública impresionante para cubrir las necesidades de los más desfavorecidos.

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