Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Cambiar el Peugeot por un camello

Una mujer se abanica en plena ola de calor en Vigo.

Una mujer se abanica en plena ola de calor en Vigo. / Pablo Gamarra

Como esto siga así, voy a tener que cambiar la gorra por un turbante y el Peugeot por un camello. Aunque, visto cómo está el tráfico ahora en julio por mi pueblo, tampoco iba a notar tanta diferencia. Tendremos que acostumbrarnos a las olas de calor, a las alertas rojas, a refugiarnos bajo tierra como los lemures y a aprovechar la «fresca» de las noches. Eso, con suerte. Y acostumbrarnos también a que cada verano bata un nuevo récord de temperatura, porque el tiempo, como me decía hace unos días un colega atleta —más de espíritu que de práctica—, se ha puesto en modo Duplantis.

Es el cambio climático. Habrá quien siga negando la evidencia, quien recuerde que cuando era joven también había días en los que las aves caían del cielo del calor, los ríos se secaban y los montes ardían de punta a punta. Puede ser, no digo que no. Pero la cuestión, como llevan años advirtiendo los científicos, no está en un episodio aislado, sino en la tendencia. En que lo excepcional se está convirtiendo en rutina. En que esto ocurre cada vez con más frecuencia y con mayor intensidad. Y, sobre todo, en que no estamos preparados. Porque nunca nos hizo falta. Hasta ahora.

Los llamados refugios climáticos brillan por su ausencia. Los parques infantiles, con la honrosa excepción de Castrelos —y, en buena medida, también O Castro o A Guía—, apenas ofrecen sombra; llevar allí a los niños en pleno verano es jugar a la ruleta rusa con una insolación. Cada vez hay menos calles y plazas arboladas. Las empresas y las fábricas tampoco están adaptadas a estas temperaturas —que se lo pregunten a los trabajadores de Stellantis—. Y las administraciones, por mucho protocolo que presenten cada verano, siguen muy lejos de estar a la altura del desafío.

Porque con el calor llegan los incendios —el riesgo de repetir el desastre ecológico del pasado verano sigue ahí— y, detrás, la sequía. Hace unos días publicaba Pablo Galán que las presas que abastecen al área de Vigo afrontaban esta ola de calor con menos reservas de agua que hace un año. Y, mientras tanto, seguimos prácticamente igual que hace medio siglo: con los mismos embalses, pese al aumento de la población y a unos periodos secos cada vez más frecuentes. Menos mal que el Concello de Vigo modernizó la potabilizadora de O Casal. Esa inversión millonaria ha dado margen y ha mejorado la calidad del agua. Pero solo ha comprado tiempo. Y el tiempo, precisamente, es lo que empieza a escasear.

Lo fiamos todo al «malo será». Malo será que no llueva en otoño. Malo será que las olas de calor le cojan cariño a esta tierra. Malo será que Galicia deje de presumir de ese clima atlántico que siempre dimos por descontado. Malo será...

Pero el «malo será» nunca fue un plan. Fue una forma muy gallega de confiar en que el problema lo resolviera otro: las nubes, el viento del nordés o un chaparrón de esos que obligan a recoger la ropa del tendal a toda prisa. Y resulta que esta vez ni las nubes llegan cuando toca ni el cielo parece dispuesto a echarnos una mano.

Así que, o quienes nos gobiernan —y nosotros con ellos— empezamos a tomarnos esto en serio, dejando de tratarlo como una simple anécdota del verano o como una conversación más de ascensor, o lo del turbante y el camello dejará de ser una licencia humorística. Y ya se sabe que en Galicia la retranca funciona muy bien... hasta que un día deja de hacer gracia y descubrimos que el chiste iba en serio.

Imagen

Al lío

Si quieres recibir este análisis de la actualidad en tu correo tan solo debes activar este boletín en nuestra página web

Me apunto
Tracking Pixel Contents