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Opinión

La «Confesión» de Tolstói

Hay casualidades tan oportunas y puntuales que más parecen producto del cálculo que del azar. Hace unos días, divagaba en un artículo acerca de las irrenunciables preguntas sobre nuestra existencia, aquellas que discurren por las profundas galerías de nuestra conciencia, y cuya falta de respuesta me lleva a pensar que nacemos y vivimos condenados al tremendo drama de no encontrar explicación a la más honda interrogante, y que esa inacabable incertidumbre es el verdadero castigo de mito bíblico. Y lo que es peor, llegamos a la otra orilla de la vida sin respuesta, y así, con ese vacío, nos vamos. Por eso dicen algunos que la respuesta nos espera justamente después de la muerte. ¡Cuán largo e incierto me lo fiais! Se hace inevitable el recuerdo de los versos de Heine: «Y no dejamos de preguntarnos / una y otra vez / hasta que un puñado de tierra / nos calle la boca. / Pero ¿es esto una respuesta?»

Pues bien, a los pocos días de publicado aquel artículo, empezaba la lectura de Confesión de Tolstói donde se hace aquellas preguntas que, nos dice, residen en toda alma humana. Narra el escritor ruso su tortuoso y laberíntico viaje en busca del sentido de nuestra existencia, enigma de tal hondura que llegó a atormentarle seriamente y en algún recodo del camino de sus cavilaciones le llevó a plantearse el suicidio. En el fondo, Tolstói no era sino el machadiano «pobre hombre en sueños, / buscando a Dios entre la niebla», búsqueda que no nace del curso del pensamiento, sino de un sentimiento que brota del corazón.

Las ciencias, en su avance portentoso, nos dan respuesta a innumerables preguntas, pero ninguna a la más radical: «Quién soy y por qué soy», «qué sentido tiene mi vida finita en este universo infinito». Los científicos indagan sobre el pasado recóndito y el futuro del universo, pero en ninguno de los dos intentos se halla respuesta al porqué de la existencia. Saber que somos una partícula ínfima de un universo atrozmente inmensurable, se lamentaba Tolstói, nada nos dice, nada nos resuelve. Tiene razón; avanzamos en el conocimiento de la materia y de las fuerzas del universo, vamos descifrando el ser, pero no el porqué ni el para qué.

Puesto que la vía racional no le conduce a una respuesta, Tolstói emprende dos caminos. Por una parte, acude a la fe (que es irracional), porque las «respuestas que una fe u otra ofrecen al hombre, todas coinciden en dar un sentido infinito a la existencia finita del hombre»; solo en la fe logra hallar el sentido de la vida. Curiosamente, Tolstói, al igual que hizo Unamuno – otro antidogmático-, trata de volver a la fe de la infancia, singular regreso a una Ítaca sin preguntas, dócil a la fe, cálida y segura, sosegada como la adormidera del regazo materno. Si el hombre vive es porque puede creer en algo. Pero el escritor ruso pide algo que parece casi un imposible; está dispuesto a entregarse a la fe a condición de que no exigiese de él la negación de la razón. Pero pese a la irracionalidad de la fe, cree que solo esta puede dar sentido a la vida.

Por otra parte - y esta es la segunda vía-, advierte que no puede vivir la fe tal como la vive la gente de su clase social, pues su conducta la contradice abiertamente. Es el modo de vivir de los trabajadores y campesinos, de la gente sencilla, una confirmación del sentido de la vida alcanzado a través del conocimiento dado por la fe. Elige, pues, la fe y el estilo de vida del pueblo trabajador. Comprendió que «el sentido que proporcionaba esa vida era la verdad». De ese modo, nos dice el atribulado Tolstói, siente que empieza a vivir de nuevo, porque la fuerza de la vida se restaura en él. Y en esa renovación interior llega al extremo de entregarse al ritual de la Iglesia. Pero el maldito roedor de la razón sigue socavando sus entrañas, y nuestro hombre se percata de que en su esforzado deseo de creer estaba ocultándose «las contradicciones y los puntos oscuros de la doctrina de la fe». Observa que todas las confesiones se proclaman dueñas de la verdad, pero cuando examina lo que en nombre de la religión se hacía, renuncia a la ortodoxia, convencido de que los dogmas de fe que había abrazado no eran ciertos. Mentira y verdad se aúnan en la tradición de la Iglesia y Tolstói se impone como tarea separar la una de la otra.

Al final, llega a la conclusión de que «la explicación de todo, como el origen de todo, debe ocultarse en el infinito». Quiere «que lo inexplicable continúe siéndolo, no porque sean erróneas las exigencias de mi razón (…) sino porque percibo los límites de mi inteligencia». Él no lo dice, pero yo vuelvo a afirmar que ese confín infranqueable de nuestra inteligencia, esa desesperante y dramática impotencia, es, en verdad, el auténtico castigo bíblico, la pesada losa de nuestra existencia.

Sirva la lectura de esta Confesión del egregio escritor ruso como preludio -así lo había planeado él- para abordar su Crítica de la teología dogmática, donde, al parecer, rebate dogmas de la Iglesia ortodoxa y reprueba duramente a la jerarquía eclesiástica.

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