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Opinión | Crónicas galantes

Somos (también) de Cabo Verde

No es que los gallegos vayamos con Cabo Verde en el Mundial, pero algo de simpatía nos inspirará un equipo en el que juegan Moreira, Monteiro, Varela y Dacosta. Nuestro segundo favorito, como en Eurovisión, solía ser Portugal, históricamente abundosa también en Carvalhos y Silvas; pero ahora se trata de otra cosa.

A favor de esa selección africana juega el dato de que hablen una variante del galaicoportugués, como en Galicia. O que la principal de las islas de ese archipiélago sea la de Santiago, apóstol al que los gallegos hemos prohijado con cierto ventajismo.

Más allá de esas circunstancias accidentales, lo que de verdad fascina es el hecho de que la selección caboverdiana haya empatado con dos campeones -España y Uruguay- en su primera comparecencia en el torneo. No es pequeña gesta para un país de poco más de medio millón de habitantes.

Tras clasificarse para la segunda ronda, Cabo Verde se enfrentará ahora a Argentina, país tricampeón en el que la devoción por el fútbol adquiere peculiaridades religiosas con el culto al dios Maradona y a Messi.

Ningún apostante le concede la menor oportunidad a la excolonia portuguesa, aunque con un portero como Vozinha, capaz de desviar balones con la mirada, más les vale a los argentinos no llegar a la tanda de los penaltis.

Cuestiones futboleras al margen, no se trata tan solo de que aquí simpaticemos con el pequeño David frente a Goliat. Existe, aparte de eso, una curiosa relación de afecto de los gallegos con los ciudadanos de Cabo Verde, que son gente de color chocolate como los negros que con tanto cariño pintó Castelao a su paso por Cuba.

Si Cuba fue para nosotros una Galicia con más color, Cabo Verde viene a ser ahora algo parecido por la parte de Burela, en Lugo. Llamó la atención, desde luego, que en el partido de la selección española con la caboverdiana, la gente de Burela organizase una fiesta para disfrutar en amor y compañía del encuentro. Los bureleses de origen africano festejaron el empate como una victoria, lógicamente; lo que no impidió que sus convecinos de otro color y preferencias los felicitasen. Y todos tan contentos.

Nada más natural en un pueblo donde los caboverdianos hablan gallego y castellano con soltura tras decenios de convivencia con los nativos. De hecho, muchos de ellos han nacido y se han criado también en Galicia.

Ni siquiera extrañará que el presidente de Cabo Verde, apellidado Pereira y Neves, describiese a Burela como «uma ilha mais do nosso arquipélago» en algunas de sus visitas a la localidad. No lo decía con intención colonial, obviamente; sino por el mismo afecto que aquí se les profesa.

Siempre nos quedará Cabo Verde si, por algún accidente inesperado, España quedase apeada del Mundial. Solo es de esperar que la selección no nos obligue a elegir hoy una alternativa.

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