Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
Oliver Atom (casi) cumple su sueño

Un momento del partido entre Brasil y Japón del pasado lunes. / EFE
La memoria es caprichosa. Mientras veía la segunda parte del Brasil-Japón del Mundial no pude evitar retroceder más de treinta años en el tiempo —que se dice pronto—, hasta 1990, cuando empezó a emitirse por primera vez en España «Campeones: Oliver y Benji», una serie manga —entre comillas— que contaba la historia de un chico japonés, Oliver Atom, que parecía destinado a convertirse en una superestrella del fútbol; la de sus amigos y rivales y la de su entrenador y mentor, una vieja gloria de la selección de Brasil caída en desgracia y refugiada en el alcohol —como Homer Simpson, pero sin gracia—: Roberto Sedinho. Bueno, pues el lunes Oliver estuvo a punto de superar a Roberto en la vida real.
La serie triunfó. Tanto, que aún recuerdo el argumento, la melodía, sus partidos interminables, sus tiros a puerta imposibles, la competitividad entre sus protagonistas y aquel permanente mensaje de superación. Oliver, Benji y compañía eran los protagonistas principales, pero yo entonces me identificaba con uno de los antagonistas, Mark Lenders —creo que se escribe así—, un leñero en el campo, fuerte y rudo porque, al contrario que la mayoría de los jugadores, procedía de un entorno humilde y había tenido que dejar la escuela para ayudar a sostener a su familia trabajando. Solo por eso ya le perdonabas su agresividad sobre el terreno de juego.
Esa parte más oscura de la vida —que el chaval tuviese que abandonar los estudios para traer un sueldo a casa o que una estrella del fútbol como Roberto Sedinho se echase en brazos de la bebida porque su carrera profesional estaba acabada por un problema de salud: podía quedarse ciego— no se ve en las series de dibujos animados de hoy en día. Por algo será que, como comprobé hace poco desayunando con los niños de la casa, Campeones siga en emisión —en formato 4:3, una pantalla casi cuadrada— tres décadas después. El pequeño, de hecho, me preguntó por qué ese malo —por Lenders— no iba al cole y qué era esa botellita —por la petaca— de la que bebía Sedinho en sus horas bajas.
Pero, bueno, quitando eso, muy propio de las series manga —los malos son malos por algo pero pueden volverse buenos, como Lenders en Campeones o Vegeta en Dragon Ball—, lo importante era la pasión por la pelota. Y no descarto que buena parte del éxito del fútbol japonés de hoy en día, cuya selección estuvo a punto de apear del Mundial a La Canarinha este lunes, derive también del impacto que tuvo Campeones.
Supongo que por eso me hizo tanta gracia ver a Japón plantarle cara a la pentacampeona, aunque fuese solo 45 minutos. Porque, durante ese rato, tuve la sensación de que la realidad había decidido darle la razón a una serie de dibujos animados que muchos vimos durante la merienda. Al final resultó que los campos no eran infinitos ni los tiros rompían las redes. Pero lo importante de Campeones nunca fue eso. Era hacer creer a toda una generación de niños que algún día Japón también podría jugarle de tú a tú a Brasil. Y, visto lo visto, no iba tan desencaminada.
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