Opinión | Crónicas galantes
Corrupciones de toda la vida
Al Gobierno, que acaba de cumplir ocho años, le están lloviendo casos de corrupción supuesta o certificada. Es natural. Está justamente en la edad de la primera comunión, que es cuando se recibe la primera hostia.
Hay una relación directa entre el tiempo de permanencia de un gobernante en el poder y las probabilidades estadísticas de que se corrompa. Cuanto más se demore en el ejercicio del mando, mayores serán las oportunidades de que caiga en la tentación de otorgar concesiones a cambio de un tanto por ciento. El dinero compra a todos; y mayormente a los que, para su desgracia, no lo tienen al llegar al gobierno.
Lo curioso del asunto es que los fans del Gobierno y los de la oposición se echen en cara la costumbre de dejarse untar que afecta a todos, sean zurdos o diestros. No niegan tener una moral distraída, en general. Simplemente, se limitan a recordar a sus contrincantes que también ellos mangaron en su día.
Como en cualquier otro país futbolero, el debate de los hinchas del PSOE y del PP se desarrolla en clave futbolística, tal que si se tratara de un clásico Madrid-Barça. Cada forofo va a muerte con los suyos en la creencia de que los contrarios han comprado al árbitro, que viene a ser el juez de la contienda.
Los extremos que juegan a la izquierda y derecha del campo opinan, a su vez, que la culpa de todo es del sistema (democrático, naturalmente). Víctimas del fanatismo, algunos de ellos llegan incluso a sostener que estas cosas no pasaban con Franco.
Ignoran, en su ingenuidad, que durante la dictadura abundaban los yernísimos favorecidos por el suegro al mando y los negocios turbios al amparo de un régimen contra el que era peligroso toser.
En realidad, la corrupción es un flagelo antiguo en el que ya incurrían los griegos y los romanos, base de nuestra civilización.
En la Atenas que forjó la idea de democracia eran moneda corriente, como hoy, el soborno y la malversación de fondos públicos. Cierto es que los jueces tenían la buena costumbre de condenar a los autores de tales fechorías; y que los gobernantes estaban sometidos a la euthyna -una especie de auditoría- al final de su mandato.
De ahí que el cruce de diatribas entre los líderes de izquierda y derecha, secundados por sus numerosos seguidores, sea un esfuerzo inútil. Cuando la oposición acusa de mangante al Gobierno y este último replica que lo mismo hicieron anteriormente sus adversarios, no queda sino darles la razón a las dos partes. El de cobrar comisiones es un hábito muy extendido que no entiende de ideologías.
Si acaso, habría que atender a John Steinbeck, el de Las uvas de la ira, cuando decía en un famoso juego de palabras que «el poder no corrompe: lo que corrompe es el miedo a perder el poder». Hay que ver lo actuales que resultan algunas viejas frases.
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