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Opinión | El correo americano

Los hombres que amaban al presidente

El vicepresidente JD Vance dijo estos días que, si el caso Watergate sucediera hoy, no duraría más de 12 horas en las noticias. «La idea de que algo así puede acabar con una presidencia es una locura». Por supuesto, Vance establece una comparación entre aquel presidente republicano y Donald Trump, pues ambos, según él, fueron víctimas del Estado Profundo. Es decir, que el problema no fue Nixon y la (probada) corrupción, ni Trump y los abusos de poder, sino la prensa y las élites progresistas.

Vance tiene toda la razón cuando señala que un escándalo como el Watergate no tendría hoy el mismo impacto en la opinión pública que lo tuvo entonces. Es una verdad muy difícil de cuestionar, como la que, en su momento, verbalizó su jefe, cuando presumió de que sus seguidores lo seguirían votando aun si se pusiese a pegar tiros en la Quinta Avenida. Las exigencias éticas que los ciudadanos demandan hoy para el líder de la nación parecen inexistentes. Esto, que es una tragedia y está transformando a Estados Unidos es un país decadente, a Vance le parece algo positivo.

Lo cierto es que Nixon gana bastante en la comparación con Trump. Al fin y al cabo, como recuerda el comentarista David Frum, «Nixon fue una presidencia con un escándalo, mientras que Trump es un escándalo con una presidencia». Nixon tenía algunas ideas interesantes y estaba bastante versado en política exterior (creó la Agencia de Protección Ambiental y abrió el país a China). Y tenía bastante más en común con «los estadounidenses olvidados» que Trump dice defender, ya que sus orígenes eran más humildes que los del magnate, lo cual hacía que su discurso fuera algo más genuino. A pesar de que introdujo gran parte del vocabulario polarizador que padece nuestra era, la presidencia de Nixon todavía pretendía ajustarse a una tradición, pero su arrogancia y sus delirios de grandeza lo condujeron a la destrucción y a la ignominia. De Nixon, Trump aprendió lo más zafio y pernicioso: creerse que está por encima de la ley. Copió sus estrategias más infames, dividiendo el mundo entre amigos incondicionalmente leales y enemigos a destruir.

Con las cintas de Nixon tuvimos la oportunidad de escuchar al hombre siendo como era él, sin un biógrafo presidencial dándole sentido literario a sus errores. Un drama shakespeariano transformado en reality por el mismo protagonista, a quien, al pensar que la Historia lo retrataría como a un héroe, se le ocurrió la idea de grabarse a sí mismo para evidenciar su envidiable legado. Con Trump no hace falta escucharlo en privado porque ya es bastante revelador en público. Hasta el punto de que algunos argumentan que el presidente muestra más decencia en las distancias cortas que fuera de cámara, sugiriendo que, en verdad, lo que vemos no es sino un personaje que maneja con astucia la TV. Cuando algunas cintas de Nixon se hicieron públicas, gran parte de la ciudadanía se indignó con el comportamiento que exhibía el comandante en jefe, incluyendo algunos de sus partidarios y colaboradores, quienes no parecían reconocer a esa persona malhablada que recurría a insultos xenófobos con frecuencia (el pastor evangélico Billy Graham, su consejero espiritual, vomitó al escuchar al líder republicano expresándose con lenguaje soez). A Trump, hoy, le justifican y le perdonan todas sus impertinencias y salidas de tono. Pensábamos que lo apoyaban a pesar de eso. Ahora sospechamos que lo apoyan precisamente por eso.

Lo que Vance dijo no solo resulta trágico porque es cierto. Es que, además, lo dice con una satisfacción que ya no llama tanto la atención de nadie. Esta es la realidad que finalmente se ha impuesto. Han vencido quienes vinieron a poner en duda los hechos, sustituyéndolos por otros alternativos. Quienes entienden la ley, la democracia y el periodismo como inconvenientes que se interponen en sus proyectos excluyentes. Quienes señalaron a los reporteros como los villanos del pueblo. Los que han creado un mundo en el que muchos (más de los que pensamos), tras ver Todos los hombres del presidente, piensan que Robert Redford y Dustin Hoffman interpretan a los malos, mientras que ese hombre poderoso que quiere censurar a los medios es una víctima, un héroe incomprendido, el representante de la América verdadera.

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