Opinión

Director do CiTIUS da USC
Chatear
Creo que aprendí esta palabra de mi padre cuando era niño. Los domingos salíamos todos a tapear por los bares del barrio de Os Mallos, en A Coruña. A mí siempre me gustó comer, así que esas salidas eran una fiesta.
Para mí era tapear, que era un niño, como he dicho, pero mi padre lo llamaba chatear. Hay palabras que nacen en una familia y acaban en otra y chatear es una de ellas. Su significado de siempre fue el de beber chatos, esos vasos bajos y anchos de vino o de otra bebida, servidos en las tabernas. Ese chateo era mucho más que beber, era sobre todo beber con otros y saludarse, abrazarse, ponerse al día y despedirse con la esperanza de que fuese hasta pronto; todo a través de la palabra. Era, de hecho, beber de las conversaciones más que del vaso. Era la bebida la que acompañaba al palique y no al revés, incluso cuando las palabras eran las justas o ni siquiera llegaban a nacer.
Como observó Aristóteles, la amistad se cultiva en la convivencia y en el intercambio de palabras; no es casual que muchas de sus reflexiones sobre la ética estén atravesadas por escenas de conversación. Chatear, así entendido, no era un medio para un fin, sino un fin en sí mismo: el placer de la conversación, incluso la necesidad de hacerlo, como el respirar.
Antes las palabras no se generaban estadísticamente, ni se editaban, autocorregían, borraban o enviaban a la nube. No, ese es el chateo de ahora, pero no el de entonces. Entonces no era solo lo dicho, sino cómo se decía: el tono, el gesto, el espacio, el contexto de una vida que explica lo común. Cada palabra tenía una razón.
El chateo entonces giraba en torno a la tecnología más increíble de cuantas el ser humano ha creado: el lenguaje. Hoy el medio condiciona en gran medida el mensaje. Por eso X está lleno de «tuiterías», que son muchas veces tonterías, disparates, insultos o bulos escritos en mensajes tan cortos como superficiales y sin anchura ni altura. Son mensajes unidimensionales.
Hoy el verbo chatear no solo tiene un nuevo significado, sino que ese significado está transformando la forma y el fondo de nuestras conversaciones y, con ellas, de nuestras relaciones personales. Chatear es ahora escribir mensajes en una interfaz, intercambiar textos, audios o emojis a través de dispositivos que disculpan la presencia y a veces hasta la esconden. La conversación ya no acontece necesariamente en un mismo tiempo ni en un mismo espacio y hasta puede fragmentarse o diluirse como un azucarillo en el agua.
El cambio no es neutro. Como advirtió Marshall McLuhan, «el medio es el mensaje»: la forma en que comunicamos moldea lo que comunicamos. Pero, a su vez, la forma en que comunicamos está amoldada a la tecnología y no al revés. El chat digital privilegia la brevedad, la simultaneidad, lo irrelevante, lo fútil.
Esto no significa que el chateo contemporáneo sea pobre o superficial por definición. Ha ampliado el alcance de nuestras relaciones, permite mantener vínculos a distancia y da voz en ciertos espacios a quienes antes no la tenían. Pero también ha desplazado el centro de gravedad de la conversación de la cabeza a las entrañas.
La socióloga Sherry Turkle dijo que «no se trata de rechazar la tecnología, sino de recuperar la conversación». La promesa de conexión permanente convive con una creciente dificultad para sostener conversaciones profundas cara a cara. El chat ofrece un aparente control —podemos responder cuando queramos, como queramos—, pero es la máquina la que realmente ha tomado el poder y nos subyuga.
A menudo cuando escribo en un chat y dejo tiempo entre palabra y palabra al pensamiento, acabo diciéndole al futuro lector: este tema mejor lo hablamos en persona. ¿Acaso no es mejor que los ojos se usen para mirarnos a la cara mientras hablamos, a que vivan amarrados a la lectura de aquello que solo se ha escrito?
Sea o no con vino, chatear debería recuperar su mejor significado.
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