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Opinión | Homenaje

Alfonso Armada

Vigo

La tía Mili cumple cien años

La tía Mili, a la derecha de la imagen

La tía Mili, a la derecha de la imagen / Cedida

La fotografía en blanco y negro que ilustra esta crónica fue tomada a la puerta de la casa familiar en el número 55 de la calle de Núñez de Balboa en Coia, mucho tiempo antes de que se planeara el polígono y se levantara el primer Alcampo de la ciudad en la alameda donde se celebraban las fiestas de la Consolación. La casa, flamante, de piedra, fue construida gracias a un premio de la lotería que mi abuelo Benigno, el padre de mi madre, ganó. A su izquierda, de pie, su hija Emilia, la tía Mili, que hoy cumple cien años, aunque le cueste creerlo. 

Cuando pienso en Vigo siempre pienso en el mar, pero también en la que llamábamos la «casa de la abuela», en una finca llena de frutales, un maizal, gallinas, al menos dos cerdos glotones que alimentábamos para gloriosas y aterradoras matanzas, una bodega en la que jugábamos a las tinieblas y el cerdo, abierto en canal, goteaba sus últimos glóbulos en una cunca de las que mi abuelo usaba para mezclar el final del caldo con tinto del país. Cuando pienso en Vigo pienso en mis tías, y en mis primos, una trama de afectos que sobrevive a duras penas a los estragos del tiempo. Pienso, claro, en mi madre, pero hoy en esa tía que era quien más se parecía, en el físico y en el carácter, a su madre, Emilia. 

Llevo días soñando con este artículo, con el siglo a cuestas bien vividos por mi tía más risueña y una de las más queridas, madre de mis primos Fernando y Javier y suscriptora de FARO DE VIGO (como mi madre, Adelina, la tía Lini, tercera por la izquierda, que en julio cumplirá 95 años, y también lo celebraremos). La mujer que cierra la imagen por la izquierda es Teresa (tía Tere), que si las cuentas no me fallan cumplirá este año 98. Las tres se quedaron viudas hace muchos años: primero Teresa, luego Emilia y, hace veinte años, Adelina, cuando Cholo Armada, mi padre, dejó de navegar para siempre. Junto a ellas sigue en este mundo mi tío Nicolás (Nico), de rodillas entre su padre y su madre, Emilia. Era el más joven y como el tiempo, además de cuántico, es previsible, sigue siendo el más joven, quizá porque ha dedicado su vida al teatro, y eso le ha mantenido hambriento y curioso sobre los avatares de la condición humana. En el centro, Clara (la tía Clarita), la maestra, que fundó el colegio La Paz, en la casa en la que nacieron los siete Rodríguez Mallo. Los dos hombres como dos cipreses, Juan José, a la izquierda, capitán mercante y de pesca, y Benigno, maquinista, también pasaron a mejor vida. Si es que hay mejor vida que esta. 

Cuando pienso en Vigo pienso en la inocencia y en lo que, cuando era niño, soñaba en llegar a ser, mientras veía y oía lo que los mayores decían: en el piso de arriba, la familia de la tía Mili, en el bajo, mis abuelos. En el centro, la mía. Coia era un mundo y en ese mundo los adultos, la radio, el parte, la infancia que se iba diluyendo lentamente como el franquismo: entonces jugar, subirse al manzano de la Consolación, que para nosotros era un avión, era el contenido principal de la vida, aunque durante el curso había que bajar la cuesta de Núñez de Balboa para coger el tranvía que nos llevaría al colegio Labor.

Veo a las tres hermanas supervivientes de tantos avatares y no puedo dejar de pensar en las Tres hermanas de Antón Chéjov, acaso contagiado por el veneno del teatro que, sin comerlo ni beberlo, puede que me inculcara mi tío Nicolás, para enfado de mi padre, que pensaba que el teatro era cosa de gente de mal vivir. Él empleaba una expresión bastante más soez, que no quiero recordar aquí porque mi tía Mili cumple hoy cien años y eso es un hito en la familia, un asombro gozoso. Los recuerdos se amontonan, porque la vida no fue fácil, pero la tía Mili tenía la cualidad de sobreponerse a los desfalcos de la vida con una sonrisa. Hace pocos años, cuando el FARO me encargó que volviera al país natal y lo contara, uno de los episodios más gratos transcurrió una tarde de verano en la terraza de la tía Mili, la misma con vistas sobre la finca, los rascacielos del polígono y un tramo de Vigo y de la ría. Una terraza luminosa en la que la tía Mili cumplimentaba religiosamente cada día el crucigrama del periódico y seguía los vaivenes de su querido Celta, del que siempre fue forofa, aunque no fuera a Balaídos. De aquel encuentro, al que también asistieron mi madre, la tía Tere y su prima Teresita, amén de dos primos míos, Jorge (uno de los tres hijos de la tía Tere, junto a Begoña, su gemela, Marité y Camilo) y Clara María (la hija mayor de Clarita, la maestra, hermana de Benigno y José Antonio), recojo frases precisamente pronunciadas por la tía Mili: «Cuando saques fotos déjame esconderme». Pero le pedí a Fernando (Fer, del que siempre recuerdo su pasión por el rock and roll, y su fervor por grupos como Credende Clearwater Revival) que me enviara una fotografía de su madre, que es la segunda foto que (si la generosidad del director lo permite) ilustra este homenaje a mi querida tía Mili, de cuando cumplió los noventa, y luce guapetona. Aquel día le pregunté:

—¿Tú en qué año naciste?

—El 26 del seis del año 26.

 Es decir, hace hoy un siglo. Y añadió: «Todas. Nosotras y los hermanos nacimos todos aquí, en la finca...».

 Recordé entonces que «antes la gente nacía en casa y moría en casa. Ahora nacen fuera de casa y mueren fuera de casa. Yo me acuerdo de cuando murió la abuela, vuestra madre, la misma madre de las tres, entré en la habitación de ella, entré yo solo. Estaba sobre la cama y tenía una expresión de paz. Yo había leído que los muertos tenían la piel muy fría, y le puse la mano en la frente y no estaba fría». 

La tía Mili, en otra imagen más reciente

La tía Mili, en otra imagen más reciente / Cedida

Aquel día recordó la tía Mili que iban a una escuela cerca, «en la casa de Carmiña, que estaba cerca del palco de la alameda». Pero fueron poco tiempo: «Y después mamá ya nos mandó a las Teresianas. Íbamos por aquí, que había un caminito, por donde la finca de Aladino y cogíamos el tranvía que valía 25 céntimos, hasta General Aranda. Era el 2. Me acuerdo que una vez estaba ahí para coger el tranvía para ir al colegio. Iba con el uniforme. Me siento y viene una señora y se sienta a mi lado y me dice: «Oye, niña, ¿a qué colegio vas?». Voy a las Teresianas, le dije. Y me suelta: «¿Y no os enseñan en las Teresianas que se deje subir antes a las personas mayores?». ¿Y quién era? Era la de Bouzas, una señora muy estirada ella, que tiene un chalé aquí...».

Y siguió recordando aquella tarde dulce de verano, antes de que la tía Mili se fuera a vivir primero a la casa de su hijo Fernando en la Gran Vía y ahora a una residencia en la calle de Tomás A. Alonso: «Yo me hice enfermera. En el Pirulí en un verano cogieron a unas cuantas de Vigo, que si querían hacerse enfermeras. Y fuimos a Madrid y nos examinamos. Yo estuve con un médico, pero solo medio mes». Hasta que su marido, que «no quería que traballara a muller, nada, nada, nada», mandó parar, y la tía Mili tuvo que irse para su casa. Sin embargo, era la encargada de ponernos las inyecciones (tan comunes por tantos motivos en aquellos años oscuros que para nosotros, los de la infancia, eran luminosos) a la ristra de primos y a los mayores. Como a su padre, el abuelo Benigno, como recordaba mi madre. Los maridos eran «muy antiguos». Lo eran Fernando y lo era mi padre, no Camilo, el marido de la tía Tere, que sabía inglés y francés, y algo de alemán. Pero a pesar de todo fue la primera mujer en la familia (seguida de la tía Tere, a mi madre mi padre no le dejó) en sacarse el carné de conducir: «Me vendió un coche mi hermano Juan José, y entonces a Fernando le entró el gusanillo y fue a aprender él...».

—¿Entonces aprendió después que tú?

—Sí.

Recuerda también, señalando a mi madre, que corría pras festas... 

—¿Y cómo conociste al tío Fernando?

—En el Mercantil, bailando. Al Mercantil íbamos una vez a la semana. Estaba donde está todavía, en la calle del Príncipe. Me sacó a bailar. 

—¿Y dónde trabajaba? 

—En el Instituto Nacional de Previsión. En el Mercantil le conocí, y después empezamos a salir. Yo tenía otro novio que se llamaba Cameselle. 

—¿Y qué pasó?

Entró al trapo mi madre: «Que era muy tacaño».

Lo contó la propia tía Mili: «Se fue a cazar y a mí me dejó aquí en casa. Él solía ir a cazar. Tenía un almacén de vinos en las Traviesas. Y algún sábado se iba a cazar y yo me quedaba aquí todo el día. Me acuerdo de que un día venía por ahí gritando: «¡Miliiii!». Y dijo mi madre: ¿Pero quén é ese?». 

Salió al quite la tía Tere: «Yo me acuerdo de que un día en que llevabas otro traje te dijo «muchos trajes tienes». Y dijo mamá: Ese mozo non me justa que parece un tacaño». 

Eran las chicas bien de Coia. De hecho, su padre encargó a un carpintero un reclinatorio en la iglesia para cada una. Habla la tía Mili: «Sí, estaban allí siempre para cuando íbamos. Papá encargó a un carpintero que nos hiciera una silla a cada una, con su reclinatorio. 

—¿Y con terciopelo?

—Sí, para que al arrodillarte no te lastimaras las rodillas. 

Mi madre y la tía Mili se casaron el mismo día en la iglesia parroquial de Coia. 

Las mujeres hablan. Y a mí, ya de niño, ahora también, me gustaba sentarme a su lado. Trato de animarlas a recordar. Las mujeres están siempre mucho más cerca del alma de Chéjov, aunque el dramaturgo ruso no haga distingos a la hora de explorar las honduras del alma humana y todos los seres merezcan su atención y compasión. Y me gusta jugar al parchís con ellas, por su viveza, por su ironía, por su chispa. Recupero lo que escribí al final de aquella tarde (y que, como muchas de estas estampas, está en el libro que editó el FARO, Cuaderno de viaje al país natal): «La risa de Mili resuena como una orquesta siempre al fondo, alegre y luminosa como la tarde, que va declinando suavemente sobre los árboles de la casa de la abuela, los segmentos heredados, algunos trabajados, otros asilvestrados, el polígono y la ría, que se ve desde el extremo de la terraza». Y hoy, que cumple cien asombrosos años, quería recordarla desde aquí, desde el FARO que la ha acompañado toda su vida y en el que seguimos encontrando los asuntos que nos hacen humanos, que tratan de explicarnos el misterio del mundo y la existencia. ¡Feliz cumpleaños, querida Emilia, tía Mili, la que más te pareces a la añorada abuela Emilia!

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