Opinión
Ligero dolor de cabeza
Me desperté el miércoles, después de la noche de San Juan, con un ligero dolor de cabeza, y me gustó. Significaba que no estaba bien del todo, pero significaba, por encima de eso, que no estaba mal. No estar mal define un estado de ánimo que casi prefiero a estar bien, que, claramente, representa siempre una exageración. Dices que estás bien para no tener que meterte en detalles, porque no te apetece hablar, seguramente, pero también porque acabarían notando que bien, bien, no es que estés.
Me desperté con un ligero dolor de cabeza y me alegré, digo, porque no era espantoso, ni siquiera era un dolor a secas. Se me presentaba livianamente, a la manera de ese alguien que llama a la puerta de casa —y te despierta— solo para decirte que viene a despedirse —tú pensabas que ya os habíais despedido— hasta el año próximo, te estrecha la mano y se va. Lo ligero desarrolla la cualidad de la desaparición. Aplicado al dolor de cabeza se presenta como un malestar dispuesto a alejarse. Asoma cuando te levantas, y cuando vuelves a pensar por tercera vez en él, te llama la atención que ya no esté. Dudas si llegó a existir. Un leve dolor de cabeza es incómodo, pero casi puede cogerse, como un florero que está mal donde está, y ponerse en otro lugar, donde al momento deja de incordiar.
Tuve una pareja hace mucho que tres o cuatro veces al año sufría unas migrañas horribles. Debía permanecer dos días en cama, con la cabeza cubierta con la almohada, absolutamente inmóvil, porque con el movimiento se le resquebrajaba el cerebro. Cuando tengo, pues, un pequeño dolor de cabeza, me felicito, porque no estoy mal. Puedo moverme, por ejemplo, hacer cada una de las cosas que planeaba antes de que se manifestase. Esa clase de malestar pasajero, bache u obstáculo es la mejor de las cosas malas que pueden atravesársete. Yo no renunciaría a él solo por el hecho de que no nos gustan los dolores de cabeza. Se reivindican como una lección de humildad, leve si queremos, según la cual no eres todopoderoso, ni probablemente inmortal.
A su manera, el ligero dolor de cabeza te recuerda que, pese a las dificultades, puedes y debes entregarte a la vida, a hacer cosas, quizás no tantas que te arrebaten la posibilidad, si así lo quieres, de no hacer nada en un momento dado. Quién sabe, a lo mejor no necesitamos dinero, ni un amor eterno, solo un ligero dolor de cabeza que se nos pase pronto, como si nunca lo hubiésemos tenido. Lo contrario podría ser no la ausencia total de dolor, sino el dolor más terrorífico que te imaginas. Podría ser el dolor de Tim Madden, el protagonista fracasado y adicto al bourbon de Los tipos duros no bailan, de Norman Mailer. Una mañana se despierta resacoso, con una tremenda erección y un nombre tatuado en el brazo. No recuerda nada de la noche anterior, y menos haberse tatuado. Tiene algo más que un dolor de cabeza. No tarda en descubrir en el asiento de su Porsche una enorme mancha de sangre, y a continuación, en el rincón donde oculta su plantación de marihuana, una cabeza cortada. ¿Verdad que ya parece un golpe de suerte padecer un ligero dolor de cabeza después de San Juan?
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